Cuentos completos
Una estación de amor, Horacio Quiroga
En el agitado corso de carnaval de Concordia, el joven Nébel queda deslumbrado por Lidia, una muchacha de catorce años de belleza singular. Lo que comienza como un fugaz intercambio de flores y miradas se convierte en un idilio que se extiende a lo largo de las estaciones: encuentros clandestinos, visitas formales en casa del doctor Arrizabalaga y una pasión adolescente que Nébel vive con una intensidad casi dolorosa. Pero el romance se enfrenta pronto a obstáculos que van más allá de la diferencia de edades: la sombra de la madre de Lidia —una mujer compleja y enigmática—, la rotunda oposición del padre de Nébel y los secretos que rodean a esa familia. Lo que parecía un sueño puro e irreprochable se irá tiñendo, con el paso del tiempo, de ambigüedad, desencanto y una melancolía que solo el otoño y el invierno de la vida pueden traer.
Un señor muy viejo con unas alas enormes, de Gabriel García Márquez
En un pequeño pueblo costero azotado por la lluvia, Pelayo descubre en el lodazal de su patio a un anciano demacrado con alas enormes y sucias. La noticia se propaga como fuego: un ángel ha caído entre los mortales. Pronto, la curiosidad del vecindario se convierte en un fenómeno multitudinario, y el matrimonio formado por Pelayo y Elisenda no tarda en sacar provecho de la situación. Pero este ser celestial, encerrado en un gallinero, no corresponde a ninguna imagen sagrada: huele a intemperie, no habla el latín, come papillas de berenjena y soporta con una paciencia insondable las humillaciones de quienes lo rodean. La Iglesia duda, el pueblo especula, y la fe se tambalea ante cada milagro defectuoso. García Márquez construye con humor y ternura una fábula que interroga nuestra incapacidad de reconocer lo extraordinario cuando lo tenemos delante.
Pájaros en la boca, de Samanta Schweblin
Martín y Silvia llevan años divorciados, y su hija adolescente Sara vive con la madre. Una tarde, Silvia aparece sin aviso en la casa de Martín con urgencia y pocas explicaciones: algo le pasa a Sara, algo que hay que ver con los propios ojos. Lo que presencia Martín esa noche lo sacude hasta el fondo: su hija, serena y radiante, esconde un hábito perturbador e inexplicable que ninguno de los dos sabe cómo enfrentar. Cuando Silvia le transfiere la responsabilidad de la chica, Martín se encuentra solo, atrapado entre el rechazo y el amor paternal, buscando en internet respuestas que no encuentra, evitando lo que no puede nombrar. Con una prosa quieta y perturbadora, Samanta Schweblin construye una historia sobre los límites del amor familiar y la incomodidad de aceptar lo que no encaja en ninguna categoría conocida.
¡Diles que no me maten!, de Juan Rulfo
Sinopsis: Juvencio Nava, un anciano consumido por el terror, se encuentra atado a un poste rogando desesperadamente a su hijo que interceda por su vida. Hace treinta y cinco años, motivado por la desesperación de una severa sequía, Juvencio asesinó a su compadre por negarle el pasto a su ganado. Desde aquel fatídico día, su existencia se transformó en una huida constante; pasó décadas escondiéndose en el monte, perdiendo su patrimonio y consumiéndose en la paranoia, con la esperanza de que el tiempo y la vejez le otorgarían finalmente el olvido. Sin embargo, el pasado es implacable y lo ha alcanzado de la forma más inesperada. Tras ser capturado repentinamente por las tropas de un coronel que guarda motivos muy personales, Juvencio se enfrenta a su inminente ejecución. Atrapado entre el instinto de supervivencia y el peso de sus culpas, el anciano librará una agónica súplica intentando evadir la venganza.
Punto final, de Cristina Peri Rossi
Una pareja inicia su relación con un gesto insólito: ella le entrega un «punto final», un objeto pequeño y precioso que él deberá usar llegado el momento oportuno. Pero la felicidad los envuelve de tal manera que el punto parece innecesario. Los días transcurren plenos, luminosos, y el mundo adquiere una intensidad nueva a través de sus ojos enamorados. Tanto dura esa dicha que él termina por extraviar el punto, olvidado en algún rincón, perdido quizás durante una mudanza. Cuando el amor se agota y llega la hora de ponerlo, el punto no aparece por ningún lado. Sin él, la pareja descubre que no puede separarse: queda atrapada en un vínculo hecho ya no de amor sino de reproche, rencor y hastío. La búsqueda desesperada de ese diminuto objeto se convierte en una obsesión que va devorando, uno a uno, todos los recuerdos hermosos que alguna vez compartieron.
El vestido de terciopelo, de Silvina Ocampo
En una sofocante tarde de Buenos Aires, Casilda, una modista de Burzaco, y la niña que la acompaña llegan a la elegante casa de la señora Cornelia Catalpina para probarle un suntuoso vestido de terciopelo negro adornado con un dragón de lentejuelas. Desde el primer intento, el vestido parece resistirse: no pasa por los hombros, asfixia, se pega a la piel. La señora, que lo necesita para un viaje a Europa, insiste en probárselo una y otra vez mientras elogia con devoción casi enfermiza las cualidades del terciopelo, un género que la fascina y la repugna al mismo tiempo. A medida que la prueba avanza, la atmósfera se vuelve cada vez más opresiva: el vestido parece cobrar vida propia y el dragón bordado empieza a latir con un pulso inquietante. La narradora infantil observa todo con una muletilla desconcertante —»¡Qué risa!»— que tiñe de extrañeza cada momento de este relato donde lo cotidiano se desliza, sin aviso, hacia lo siniestro.








