F. Marion Crawford

El fantasma de la muñeca

F. Marion Crawford

Resumen y análisis

Resumen de El fantasma de la muñeca, de F. Marion Crawford

Lady Gwendolen Lancaster-Douglas-Scroop, la hija menor del noveno duque de Cranston, tiene seis años y tres meses. Como ha armado un berrinche a gritos, sus niñeras terminan por dejarla bajar sola la gran escalera de Cranston House, con su muñeca Nina bajo el brazo. La niña pisa el mármol pulido, fuera de la alfombra, pierde el equilibrio y rueda escaleras abajo. Por suerte, la alfombra es tan gruesa y mullida que no se hace daño. Se levanta sola y se sienta en un peldaño sin derramar una lágrima. Nina, en cambio, ha quedado rota. El golpe causa un gran revuelo en la casa. Acuden el mayordomo y algunos criados, pero al ver que la niña está bien se retiran enseguida, y el ama de llaves comenta con desdén que tanto escándalo es solo por una muñeca. Las niñeras sí están aterradas, porque si en los pisos de arriba se enteran de que la dejaron bajar sola, la culpa será de ellas. Por eso se llevan a Gwendolen de la casa a toda prisa, con la muñeca rota envuelta en la capita de la niña.

Ya en Hyde Park, revisan a Gwendolen y confirman que no tiene ni un moretón. Después desenvuelven a Nina. Era una muñeca grande y preciosa, de cabello rubio natural y ojos oscuros que se abrían y cerraban, y decía «Pa-pa» cuando se le movía el brazo derecho y «Ma-ma» cuando se le movía el izquierdo. Ahora tiene la cara partida por una grieta horrible que baja desde la frente hasta el cuello de su vestido de seda verde pálido, y le faltan dos trocitos de porcelana. Aun así, conserva la voz. La niñera principal decide que hay que llevarla cuanto antes al señor Puckler, el reparador de muñecas, y le encarga la tarea a la segunda niñera. Gwendolen, mientras tanto, no parece afligida. Cava un hoyo con su palita y explica muy seria que Nina ha muerto y que le está haciendo una tumba. Una de las niñeras le asegura que la muñeca volverá a la vida.

Bernard Puckler, el gran «doctor de muñecas» de los barrios elegantes de Londres, vive con su hija Else en una casita al fondo de un callejón, cerca de Belgrave Square. Es alemán de origen, pero lleva tantos años en la ciudad que ya se considera londinense. Else acaba de cumplir doce años. Es una niña callada, de ojos oscuros y una larga trenza castaña, que ayuda a su padre con la ropa y los peinados de las muñecas y se encarga de devolverlas a sus dueños cuando están reparadas. Padre e hija pasan casi todo el día en el taller, al fondo de la casa.

Puckler no es un artesano cualquiera. Para él, las muñecas son personitas con carácter y sentimientos propios, y suele encariñarse tanto con ellas que le cuesta devolverlas. A Else le enseña a tratarlas con suavidad: nadie puede asegurar que no sientan nada, le dice, y ser bondadoso con ellas no cuesta nada y quizá para ellas signifique algo. Else lo entiende, y sabe además que para su padre ella vale más que todas las muñecas juntas.

Cuando recibe a Nina, Puckler la contempla largo rato hasta que se le humedecen los ojos. La muñeca lo cautiva de inmediato, quizá porque sus ojos castaños de vidrio se parecen a los de Else. Además, el caso le parece especialmente triste: Nina es casi nueva y, sin embargo, tiene la cara cruzada por un tajo como de sable. Al presionarle la cabeza para cerrar la grieta, la porcelana chirría y los párpados tiemblan, como si la muñeca sufriera. Puckler le promete que no le hará daño y se propone dejarla perfecta, cueste lo que cueste.

Trabaja en ella durante días, con paciencia, y cuanto más la cura, más se encariña. A veces deja de lado las demás muñecas y pasa una hora entera mirándole la cara, buscando la manera de borrar hasta la última huella del accidente. El resultado es admirable, aunque su ojo experto todavía distingue una línea finísima que le cruza el rostro. La segunda niñera viene dos veces a preguntar si el trabajo está terminado, y las dos veces Puckler le contesta que Nina aún no está lo bastante fuerte. La verdad es que no quiere separarse de ella.

Pero llega el día en que ya no puede retenerla más. Junto a Nina espera la caja de cartón en la que debe volver a Cranston House, y a Puckler le parece un ataúd. Para ganar tiempo, revisa uno a uno sus frascos y herramientas, aunque sabe que ya no queda nada por hacer. Se consuela pensando que, lejos de niños crueles que la lastimen, Nina podría vivir cien años. Al final no se siente capaz de guardarla él mismo. Le pide a Else que lo haga y se queda junto a la ventana, de espaldas, hasta que la caja está cerrada. Entonces le dice a su hija que se ponga el sombrero y la lleve cuanto antes. Sabe que ya es tarde y que no debería mandarla sola a esa hora, pero no soporta alargar más la despedida. Cuando Else está por salir, le pide que vuelva rápido.

Una vez solo, Puckler se sienta a esperarla. Es fines de primavera y los días son largos, pero empieza a oscurecer y Else no vuelve. Cranston House está a menos de un kilómetro, y la niña lleva ya una hora y media fuera. La pena por la muñeca da paso a la preocupación por su hija, y poco a poco lo invade una inquietud que no sabe explicar. Es el comienzo del miedo. Se llama a sí mismo viejo tonto y busca los fósforos para encender una luz, pero no los encuentra. Cuando cruza el taller en penumbra para mirar la hora junto a la ventana, oye a sus espaldas un golpeteo de pies diminutos sobre el piso de madera. Se detiene, y el ruido cesa. Da dos pasos, y vuelve a oírlo. Pregunta si es Else, pero nadie responde. Con la poca luz que queda alcanza a ver su reloj: son casi las diez. Alarmado por su hija, corre hacia la puerta, y mientras busca el picaporte oye con toda claridad los pasitos que corren tras él. Se dice que deben de ser ratones y sale a la calle.

Afuera, la luz que todavía queda lo tranquiliza un poco, y hasta se avergüenza de su nerviosismo. Supone que en Cranston House alguna criada se encariñó con Else y la convidó con té y pasteles, así que va a buscarla allá. En el camino no vuelve a oír los pasitos. Pero en la mansión, el criado que le abre la puerta de servicio le asegura con altanería que ninguna niña ha estado allí y que él no sabe nada de muñecas. Puckler le explica que es su hija y que teme que le haya pasado algo, y pide hablar con la segunda niñera, que lo conoce, pero el hombre se niega con grosería y le cierra la puerta en la cara. Else nunca llegó a Cranston House. Puckler tiene que apoyarse en la reja, porque siente que se parte en dos, como esas muñecas que le llegan quebradas por la mitad. Pronto comprende que debe hacer algo, y eso le da fuerzas. Durante horas recorre todas las calles por las que su hija pudo haber pasado y pregunta a varios policías, pero nadie sabe nada de ella.

Es la una de la madrugada cuando vuelve a casa, agotado y sin esperanza. Al girar la llave en la cerradura se le paraliza el corazón: del otro lado, los pasitos corren por el pasillo a recibirlo. Pero ya está demasiado desesperado para tener miedo. Enciende una vela y se deja caer ante su mesa de trabajo, con la cara entre las manos. Repite una y otra vez el nombre de Else, convencido de que su hija está muerta en alguna calle de Londres. Tan hundido está que no siente que algo le tira suavemente del faldón del abrigo. De pronto, una brisa fría le roza el pelo, la llama de la vela se reduce casi a una chispa y se oye un leve roce de seda.

Entonces, en el silencio, una vocecita de madera dice «Pa-pa». Puckler se levanta de un salto y la silla cae al suelo. Es la voz de Nina, que reconocería entre cien, pero tiene algo distinto, un timbre casi humano, como el llanto de una niña herida que pide auxilio. El terror lo paraliza de tal modo que no logra volverse, y tiene que girarse la cabeza con las manos, como haría con una muñeca. Allí, en medio del taller, está Nina, de pie, envuelta en un resplandor fantasmal. Sus ojos de vidrio lo miran fijamente y la cicatriz que él reparó brilla en su rostro como un hilo de luz blanca. En esos ojos hay algo de Else, aunque es la muñeca quien lo mira, y eso basta para que el dolor por su hija se imponga al miedo. Puckler grita el nombre de Else. La figura levanta y baja el brazo con un movimiento mecánico y repite «Pa-pa», y esta vez él oye en esa voz el tono de su hija, como si fuera ella quien lo llamara. Le pregunta dónde está. La única respuesta es otro «Pa-pa». Luego la muñeca da media vuelta, corre hacia la puerta con un repiqueteo de zapatitos y desaparece. La vela vuelve a arder con fuerza.

Por un instante, Puckler piensa que ha soñado, pero sabe que no se ha dormido. Se dispone a salir de nuevo para preguntar en las comisarías y los hospitales cuando la vocecita vuelve a llamarlo desde el pasillo. Al abrir la puerta, ve al pequeño fantasma al fondo, brillando en la oscuridad, y lo ve alzar el brazo como si le hiciera una seña. Comprende de golpe que no ha venido a asustarlo sino a guiarlo. Ya en la calle, olvida el cansancio y lo sigue, lleno de una esperanza repentina. La figura avanza delante de él de esquina en esquina, cruza Belgrave Square y sigue más allá. Bajo los faroles es apenas una sombra en la que brilla el verde pálido de su vestidito de seda. En las calles oscuras, en cambio, resplandece entera. Corre como una niña pequeña, tan deprisa que a Puckler le cuesta seguirle el paso. No sabe por dónde va, ni le importa: sabe que va por el buen camino.

La carrera termina ante la puerta de un hospital. Cuando se abre, Puckler ve a la pequeña figura justo en el umbral y oye por última vez su «Pa-pa», ya no lastimero, sino lleno de anhelo. La sombra se ilumina de pronto y la muñeca le sonríe con tal dulzura que parece casi un angelito. El portero le cuenta que poco después de las diez trajeron a una niña aturdida por un golpe, con una larga trenza castaña, que apretaba contra el pecho una gran caja de cartón y no hubo forma de quitársela. Es Else. Puckler la encuentra en la sala infantil y se inclina sobre ella. Al cabo de un momento, la niña abre los ojos y le dice «Pa-pa», feliz, porque sabía que él vendría.

Cuando ya puede hablar, Else le cuenta lo ocurrido. Unos muchachos grandes y de mala cara intentaron arrebatarle la muñeca. Ella se aferró a la caja y se defendió como pudo, hasta que uno la golpeó con algo y cayó al suelo. No recuerda nada más. Supone que los muchachos huyeron y que alguien la encontró. Teme que Nina se haya roto. La enfermera, que no logró quitarle la caja de los brazos hasta que despertó, la abre. Nina está hecha añicos. Ya no queda en ella ningún resplandor: solo la luz tranquila de la sala arranca un brillo verde pálido de los pliegues de su vestido.

Análisis de El fantasma de la muñeca, de F. Marion Crawford

«El fantasma de la muñeca» («The Doll’s Ghost»), de Francis Marion Crawford, apareció por primera vez en el número de Navidad de The Illustrated London News, fechado el 23 de noviembre de 1896, y se recogió después en la antología póstuma Wandering Ghosts (1911), publicada en el Reino Unido como Uncanny Tales. Pertenece a la tradición del relato de fantasmas, con una particularidad notable: el espectro es el de una muñeca rota. Crawford siembra lo imposible desde las primeras páginas con una broma que pasa casi inadvertida. Cuando Gwendolen anuncia que Nina ha muerto y le prepara una tumba, la niñera le asegura que la muñeca volverá a la vida. La frase, dicha para salir del paso, se cumplirá de un modo que nadie en Cranston House podría imaginar.

El relato se organiza en torno a Bernard Puckler, reparador de muñecas de origen alemán, y a su hija Else. Para Puckler las muñecas son personitas reales, y él mismo formula su ética de artesano cuando le pregunta a Else cómo puede saber que no sienten nada y concluye que ser bondadoso con ellas no cuesta nada y quizá signifique algo para ellas. Esa convicción explica que Nina adquiera a sus ojos una presencia casi humana antes de cualquier hecho sobrenatural. Else comparte el mundo del taller sin burlarse de las rarezas de su padre y es, para él, lo que más quiere en el mundo, por encima de todas las muñecas.

Nina ocupa un lugar singular porque sus ojos castaños de vidrio se parecen a los de Else. Esa semejanza tiende desde temprano el puente afectivo que luego permitirá a Puckler reconocer algo de su hija en la aparición. El detalle decisivo es la voz mecánica. Nina sabe decir dos palabras, «Pa-pa» al moverle el brazo derecho y «Ma-ma» al moverle el izquierdo. El fantasma pronuncia una sola de sus dos palabras, la que llama al padre. Crawford no le inventa un lenguaje nuevo. Le basta con cambiar el sentido de una palabra que ya tenía: en el taller a oscuras, el «Pa-pa» deja de ser un truco de juguete y se vuelve, para Puckler, la llamada de Else.

La trama avanza mediante una inversión. En la primera parte, Nina es la criatura herida y Puckler la cura con una paciencia que excede el encargo. En la segunda, la herida es Else, y Nina pasa a ser quien socorre, guiando al padre hasta ella. La simetría alcanza el final: Else llega al hospital aferrada a la caja que defendió de los asaltantes, y es precisamente la muñeca que ella protegió la que conduce a su padre a su lado. Hay además una ironía preparada con cuidado. Mientras demora la despedida, Puckler piensa que Nina podría vivir cien años en un lugar sin niños crueles que la lastimen, y son unos muchachos violentos los que acaban destrozándola.

El contraste social cumple también una función. En Cranston House la caída detiene por un instante una maquinaria doméstica regida por rangos, y la reacción del personal lo revela: el mayordomo y los criados se retiran enseguida, el ama de llaves comenta con desprecio que solo se trata de la muñeca y las niñeras se preocupan sobre todo de ocultar su descuido. Allí Nina es un objeto de lujo que se rompe. En el taller humilde de Puckler recibe la atención que se le daría a un ser querido, y es en esa casa modesta, y no en la mansión ducal, donde se forma el vínculo que decidirá el desenlace.

El episodio sobrenatural se construye desde la percepción de Puckler, y durante buena parte de la noche el lector podría atribuirlo a sus nervios. Los pasitos en la oscuridad llegan cuando la angustia por Else ya lo domina, y él mismo intenta explicarlos con ratones. El desenlace cierra esa salida racional. Puckler había pensado en preguntar en los hospitales, pero no podía saber en cuál de todos los de Londres estaba su hija, y es la aparición la que lo lleva hasta la puerta exacta. El fantasma le entrega una información que él no tiene, y esa coincidencia vuelve indudable el prodigio dentro de la lógica del cuento.

La cronología sugiere además un vínculo preciso entre los dos planos. Los primeros pasos suenan en el taller casi a las diez, más o menos cuando llevan a Else herida al hospital, y para entonces la muñeca ya ha sido destrozada en el asalto. Aunque el texto no lo afirma, puede leerse que el fantasma se manifiesta en cuanto Nina se rompe por segunda vez. La aparición conserva la identidad del objeto. Su brazo sube y baja con rigidez mecánica y la cicatriz reparada brilla en su rostro, pero corre por las calles como una niña pequeña. Crawford cuida de no confundir a la muñeca con la hija. Puckler ve algo de Else en esos ojos, aunque el narrador precisa que es la muñeca, y no Else, quien lo mira a través de ellos. Else sigue viva en el hospital. Lo que el cuento muestra es una lealtad extraordinaria, la de una muñeca que transmite la llamada de la niña que la defendió.

La aparición recorre dos fases. En la primera es una presencia que acecha en la oscuridad y aterra a Puckler. En la segunda, cuando él advierte en la voz el eco de Else, se convierte en guía. Crawford marca esa transformación con el gesto del brazo, que en el pasillo deja de ser un movimiento mecánico y se vuelve una seña, y con el tono del «Pa-pa», cada vez menos lastimero y más anhelante. En la puerta del hospital la figura se ilumina y sonríe como un angelito. Es la despedida de un fantasma que ha cumplido su tarea.

El final enlaza de forma explícita las dos voces. Durante la aparición, Nina repite «Pa-pa». En el hospital, Else abre los ojos y pronuncia la misma palabra. La última imagen se niega a prolongar el prodigio: cuando la enfermera abre la caja, Nina no ha resucitado ni se ha recompuesto, está hecha añicos. La luz completa el contraste. Durante la persecución, la figura brillaba con luz propia en las calles oscuras, mientras que el verde pálido de su vestido solo aparecía bajo el resplandor de los faroles. En el hospital ya no queda ninguna luz propia. Solo la claridad tranquila de la sala arranca un brillo verde de los pliegues de seda, el mismo reflejo que dejaban los faroles, ahora sobre un objeto inerte.

El cuento combina miedo y ternura sin hacer de la aparición una amenaza. Su centro emocional es el amor de un padre por su hija, y el fantasma está al servicio de ese amor. Puckler había dicho que ser bondadoso con las muñecas no cuesta nada y que quizá signifique algo para ellas. La noche en que su hija desaparece, una de ellas le devuelve esa bondad.

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