Resumen de El jardín de senderos que se bifurcan, de Jorge Luis Borges
El relato se abre con una cita de la Historia de la Guerra Europea de Liddell Hart. Según ese libro, una ofensiva de trece divisiones británicas, apoyadas por mil cuatrocientas piezas de artillería, contra la línea Serre-Montauban estaba planeada para el 24 de julio de 1916 y debió postergarse hasta la mañana del 29. El historiador atribuye el retraso a unas lluvias torrenciales y le resta toda importancia. A continuación, una voz editorial presenta un documento que, según anuncia, arroja una luz insospechada sobre ese episodio. Es la declaración que dictó y firmó el doctor Yu Tsun, antiguo catedrático de inglés en la Hochschule de Tsingtao. Le faltan las dos primeras páginas, de modo que el relato de Yu Tsun empieza en medio de la acción.
Yu Tsun acaba de colgar el teléfono cuando reconoce la voz que le ha contestado en alemán. Es la del capitán Richard Madden. Que Madden esté en el departamento de Viktor Runeberg, el otro agente que trabaja con él para Alemania, solo puede significar que Runeberg ha sido arrestado o asesinado, y que a Yu Tsun le espera la misma suerte antes de que termine el día. En este punto, una nota al pie del editor lo desmiente con sequedad. Califica su sospecha de odiosa y estrafalaria y da otra versión de los hechos: Runeberg, un espía prusiano cuyo verdadero nombre era Hans Rabener, atacó con una pistola automática al capitán que venía a arrestarlo, y Madden lo hirió de muerte en defensa propia. Yu Tsun, por su parte, sabe que Madden será implacable. Es un irlandés al servicio de Inglaterra, sospechoso de tibieza y quizá de traición, y la captura de dos agentes alemanes es justo el favor que necesita para limpiar su nombre.
Yu Tsun sube a su cuarto, cierra la puerta con llave, un gesto que él mismo juzga absurdo, y se tiende de espaldas en la cama. Por la ventana ve los tejados de siempre y el sol nublado de las seis de la tarde. Le parece increíble que un día tan corriente, sin presagios, sea el de su muerte, y que toda su vida, con su padre muerto y su infancia en un jardín simétrico de Hai Feng, vaya a terminar ahora. Piensa luego que las cosas le suceden a uno siempre en el presente. Pasan los siglos, pero los hechos solo ocurren ahora, y entre los innumerables hombres del mundo, lo que de verdad pasa le pasa a él. El recuerdo del rostro alargado, casi equino, de Madden interrumpe esas divagaciones y lo devuelve a su problema.
Yu Tsun tiene un secreto que Madden no sospecha. Conoce el nombre del lugar exacto donde los británicos han instalado un nuevo parque de artillería, es decir, una gran reserva de cañones y municiones, junto al río Ancre, en Francia. Un pájaro que cruza el cielo gris se transforma en su imaginación en un avión, y luego en muchos aviones que destruyen ese depósito con sus bombas. Le gustaría gritar ese nombre de modo que lo oyeran en Alemania antes de que lo mataran, pero su voz no llega tan lejos. No tiene forma de hacérselo saber a su jefe, un hombre enfermo y odioso que en su árida oficina de Berlín solo sabe que Runeberg y él están en Staffordshire, y que espera en vano noticias suyas mientras revisa periódicos sin descanso.
Dice en voz alta que debe huir y se levanta en silencio, como si Madden ya estuviera acechándolo. Revisa sus bolsillos casi por el gusto de comprobar que no tiene recursos, y entre objetos sin importancia encuentra lo que ya sabía que iba a encontrar: las llaves del departamento de Runeberg, que ahora lo comprometen sin servirle de nada, y un revólver con una sola bala. Lo empuña y lo sopesa para darse valor, y piensa vagamente que un disparo puede oírse muy lejos. En diez minutos tiene un plan. Busca en la guía telefónica el nombre de la única persona capaz de transmitir la noticia, que vive en un suburbio de Fenton, a menos de media hora de tren. Yu Tsun no explica todavía en qué consiste su idea.
Antes de narrar la huida, interrumpe el relato con una confesión hecha desde el presente, cuando el plan ya está cumplido. Se declara un hombre cobarde, y lo dice ahora que ha llevado a término una empresa que nadie dejaría de llamar arriesgada y cuya ejecución fue terrible. No lo hizo por Alemania, un país bárbaro que lo ha rebajado a la condición de espía. Tampoco odia a Inglaterra. Conoce a un inglés, un hombre modesto con quien habló apenas una hora, que durante esa hora fue para él tan grande como Goethe. Lo hizo porque sentía que su jefe despreciaba a los de su raza, y quería probarle que un chino podía salvar a sus ejércitos. Y también, sencillamente, porque tenía que escapar de Madden.
Retoma entonces el relato. Se viste sin ruido, se despide de sí mismo en el espejo, baja, mira la calle tranquila y sale. La estación queda cerca, pero prefiere tomar un coche de alquiler. Se dice que así corre menos riesgo de que lo reconozcan, aunque admite que la verdad es otra: en la calle desierta se siente infinitamente visible y vulnerable. Le pide al cochero que se detenga un poco antes de la entrada, baja con una lentitud deliberada y, aunque va a la aldea de Ashgrove, compra un pasaje para una estación más lejana, probablemente para no dejar rastro de su destino. El tren sale a las ocho y cincuenta, y el siguiente no partirá hasta las nueve y media. Yu Tsun se apresura y sube. En el andén casi no hay nadie. Cuando el tren por fin arranca, un hombre corre en vano hasta el extremo del andén. Es Richard Madden. Aterrado y tembloroso, Yu Tsun se encoge en la otra punta del asiento, lejos de la ventanilla.
Del terror pasa a una felicidad que él mismo llama casi abyecta. Madden tendrá que esperar el tren siguiente, y esa ventaja de cuarenta minutos, que debe al azar de los horarios, le parece el primer asalto ganado de un duelo. Con argumentos que reconoce como sofismas se convence de que esa pequeña victoria anuncia la victoria final, y de que su propia alegría cobarde prueba que es capaz de llevar la aventura a buen término. De esa debilidad saca una fuerza que ya no lo abandona. Desde el presente de su declaración deja aquí un consejo para los hombres del futuro, que según prevé se resignarán cada vez más a empresas atroces: quien deba ejecutar un acto atroz tiene que imaginar que ya lo ha cumplido e imponerse un porvenir tan irrevocable como el pasado. Así procede él. Mientras el tren avanza suavemente entre fresnos, contempla la caída de la noche con ojos de hombre ya muerto. El tren se detiene casi en medio del campo, y nadie anuncia el nombre de la estación. Yu Tsun pregunta a unos niños que están en el andén si aquello es Ashgrove, y ellos se lo confirman.
Bajo la lámpara del andén, las caras de los niños quedan en sombra. Uno de ellos le pregunta si va a casa del doctor Stephen Albert, y otro, sin esperar respuesta, le explica que la casa queda lejos, pero que no se perderá si toma el camino de la izquierda y dobla a la izquierda en cada encrucijada. Yu Tsun les arroja una moneda, la última que le queda, baja unos escalones de piedra y se interna en un camino de tierra solitario que desciende bajo los árboles, acompañado por una luna baja y redonda. Por un momento teme que Madden haya descubierto su desesperado propósito, quizá porque los niños acaban de nombrar sin vacilar al hombre que busca, pero enseguida comprende que eso es imposible.
La indicación de doblar siempre a la izquierda le recuerda el procedimiento habitual para llegar al patio central de ciertos laberintos, y de laberintos Yu Tsun sabe algo. Es bisnieto de Ts’ui Pên, que fue gobernador de Yunnan y renunció al poder para escribir una novela con más personajes que el Hung Lu Meng, la gran novela clásica china, y para construir un laberinto en el que se perdieran todos los hombres. Dedicó trece años a esas dos tareas, hasta que un forastero lo asesinó. Su novela resultó insensata y nadie encontró el laberinto.
Mientras camina bajo los árboles ingleses, imagina ese laberinto perdido. Lo piensa intacto y perfecto en la cima secreta de una montaña, o borrado por los arrozales, o hundido bajo el agua, y por último infinito, hecho ya no de pabellones y senderos sino de ríos y reinos enteros. Llega a concebir un laberinto de laberintos, que creciera sin cesar y abarcara el pasado y el porvenir, y de algún modo también los astros. Absorto en esas imágenes, olvida por un rato que es un perseguido y se siente un puro espectador del mundo. Lo envuelven el campo y la luna, y el camino, que desciende y se bifurca entre praderas cada vez más oscuras, no le exige ningún esfuerzo. Le llega, traída y alejada por el viento, una música aguda, casi silábica. Piensa entonces que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, pero no de un país, de sus luciérnagas, sus palabras, sus jardines, sus ríos y sus atardeceres.
Así llega ante un portón alto y oxidado. Entre las rejas distingue una alameda y una especie de pabellón, y comprende de golpe dos cosas. La primera es trivial: la música viene del pabellón. La segunda le parece casi increíble: la música es china. Por eso la había escuchado con tanta naturalidad, sin prestarle atención. Desde el fondo de la casa se acerca un farol de papel, con forma de tambor y color de luna, que los troncos de los árboles tapan y descubren a su paso. Lo trae un hombre muy alto cuyo rostro Yu Tsun no alcanza a ver, porque la luz lo encandila.
El hombre abre el portón y le habla despacio en chino. Supone que lo envía Hsi P’êng, uno de los cónsules chinos, que se empeña en acompañar su soledad, y le pregunta si quiere ver el jardín. Desconcertado, Yu Tsun repite la palabra. «El jardín de senderos que se bifurcan», precisa el hombre. Algo se agita entonces en la memoria de Yu Tsun, que responde con una seguridad que él mismo no comprende: «El jardín de mi antepasado Ts’ui Pên». Al oír que su visitante desciende de Ts’ui Pên, el anfitrión lo invita a pasar con evidente respeto.
Un sendero húmedo, que zigzaguea como los de la infancia de Yu Tsun, los lleva a una biblioteca de libros orientales y occidentales. Yu Tsun reconoce, encuadernados en seda amarilla, algunos tomos manuscritos de una enciclopedia imperial que nunca llegó a imprimirse, y ve girar un disco de gramófono junto a un fénix de bronce. De ahí venía la música. Su anfitrión es el doctor Stephen Albert, un hombre muy alto, de rasgos afilados, ojos grises y barba gris, con algo de sacerdote y algo de marino. Fue misionero en Tientsin antes de dedicarse a la sinología, el estudio de la lengua y la cultura chinas. Se sientan, Albert de espaldas a la ventana y a un gran reloj circular. Yu Tsun calcula que Madden no llegará antes de una hora y que su decisión irrevocable puede esperar.
Albert evoca el asombroso destino de Ts’ui Pên. Fue gobernador de su provincia natal, docto en astronomía y astrología, intérprete infatigable de los libros sagrados, ajedrecista, poeta y calígrafo famoso, y lo abandonó todo, incluidos los placeres del poder y de la erudición, para encerrarse durante trece años en el pabellón de la Límpida Soledad. A su muerte, los herederos solo encontraron manuscritos caóticos. La familia quiso quemarlos, pero el albacea, un monje taoísta o budista, insistió en publicarlos. Yu Tsun responde que los de su sangre siguen maldiciendo a ese monje, porque el libro publicado es un montón indeciso de borradores contradictorios: en el tercer capítulo el héroe muere y en el cuarto está vivo. Cuando empieza a mencionar la otra empresa de su antepasado, el laberinto, Albert le señala un alto escritorio laqueado y le dice que ahí lo tiene.
Yu Tsun cree por un momento que se trata de un pequeño laberinto de marfil. Albert lo corrige: es un laberinto de símbolos, un invisible laberinto de tiempo, y a él, un bárbaro inglés, le ha tocado revelar ese misterio. Ts’ui Pên dijo alguna vez que se retiraba a escribir un libro y otra vez que se retiraba a construir un laberinto, y todos imaginaron dos obras distintas. Nadie pensó que libro y laberinto fueran un mismo objeto. El jardín, tal vez intrincado, que rodeaba su pabellón hizo pensar en un laberinto físico, que nadie halló. A Albert, en cambio, la confusión de la novela le sugirió que el laberinto era ella misma. Dos indicios le dieron la solución: la leyenda de que Ts’ui Pên se había propuesto un laberinto estrictamente infinito y el fragmento de una carta que el propio Albert descubrió.
Albert se levanta, le da la espalda unos instantes, abre un cajón del escritorio y vuelve con una hoja de papel cuadriculado, antes carmesí y ahora de un rosado tenue, escrita con la célebre caligrafía de Ts’ui Pên. Yu Tsun lee sin entender, pero con fervor, la frase que trazó con su pincel un hombre de su sangre: «Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan». Devuelve la hoja en silencio.
Albert cuenta que, antes de encontrar esa carta, se había preguntado cómo podía ser infinito un libro. Su primera idea fue un volumen circular, cuya última página repitiera la primera para que la lectura pudiera continuar sin fin. Recordó también la noche de Las mil y una noches en que Shahrazad, por una distracción del copista, se pone a contar la historia de Las mil y una noches, con el riesgo de llegar otra vez a la noche en que la cuenta y repetirse hasta el infinito. Llegó a imaginar, además, una obra heredada de padres a hijos, a la que cada generación agregara un capítulo o corrigiera con cuidado las páginas de los mayores. Ninguna de esas conjeturas explicaba los capítulos contradictorios de Ts’ui Pên. La carta, que le enviaron desde Oxford, se lo aclaró casi en el acto. El jardín de senderos que se bifurcan era la novela caótica, y la mención de los «varios porvenires» indicaba que las bifurcaciones ocurrían en el tiempo y no en el espacio.
Una nueva lectura de la obra confirmó la idea. En cualquier ficción, cuando un personaje se enfrenta a varias alternativas, elige una y elimina las demás. En la de Ts’ui Pên, el personaje elige todas a la vez, y crea así diversos porvenires, diversos tiempos, que a su vez proliferan y se bifurcan. De ahí las contradicciones de la novela. Albert da un ejemplo. Fang tiene un secreto, un desconocido llama a su puerta y Fang resuelve matarlo. Los desenlaces posibles son varios: Fang puede matar al intruso, el intruso puede matar a Fang, pueden salvarse los dos o morir los dos. En la obra de Ts’ui Pên ocurren todos, y cada uno es el punto de partida de nuevas bifurcaciones. A veces, añade Albert, los senderos de ese laberinto convergen. Yu Tsun, por ejemplo, ha llegado a su casa, pero en uno de los pasados posibles es su enemigo y en otro su amigo.
Albert le propone leer unas páginas, si Yu Tsun soporta su pronunciación incurable. A la luz de la lámpara, su rostro es el de un anciano, pero tiene algo firme y casi inmortal. Lee dos versiones de un mismo capítulo épico. En la primera, un ejército marcha hacia la batalla por una montaña desierta, y el horror de las piedras y de la sombra lleva a los soldados a despreciar la vida y vencer con facilidad. En la segunda, el mismo ejército atraviesa un palacio donde se celebra una fiesta, y la batalla les parece una continuación de esa fiesta. También vencen. Las dos versiones terminan con las mismas palabras, repetidas como un mandamiento secreto, sobre unos héroes que combatieron con el corazón tranquilo y la espada violenta, resignados a matar y a morir. Yu Tsun escucha con veneración. Más que esas viejas ficciones, lo conmueve que las haya ideado un hombre de su sangre y que un hombre de un imperio lejano se las devuelva, en medio de una aventura desesperada, en una isla de Occidente. Desde ese momento siente a su alrededor y dentro de su cuerpo una invisible agitación de presencias, más íntima que la de aquellos ejércitos paralelos.
Albert continúa. No cree que Ts’ui Pên dedicara trece años a un simple juego de variaciones. En China la novela era entonces un género despreciado, y Ts’ui Pên, además de novelista genial, fue un hombre de inclinaciones metafísicas y místicas. Ningún problema lo inquietó tanto como el del tiempo, y sin embargo es el único que no aparece en su novela, donde ni siquiera figura la palabra «tiempo». Albert le pregunta cómo explica esa omisión deliberada. Yu Tsun propone varias soluciones, todas insuficientes, y las discuten. Por fin Albert le plantea una adivinanza: en un acertijo cuyo tema es el ajedrez, ¿cuál es la única palabra prohibida? Yu Tsun lo piensa un momento y responde que la palabra «ajedrez». Exactamente, dice Albert. La novela de Ts’ui Pên es una enorme adivinanza, o parábola, cuyo tema es el tiempo, y por eso no puede nombrarlo. Omitir siempre una palabra y recurrir a rodeos es quizá la manera más enfática de señalarla. Albert ha cotejado cientos de manuscritos, ha corregido los errores de los copistas, ha reconstruido el orden de la obra y la ha traducido completa, y le consta que la palabra no aparece ni una vez.
La explicación, concluye, es que la novela ofrece una imagen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts’ui Pên. A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme y absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos que se acercan, se bifurcan, se cruzan o se ignoran durante siglos, y que abarca todas las posibilidades. En la mayoría de esos tiempos ninguno de los dos existe. En algunos existe Yu Tsun y no Albert, en otros Albert y no Yu Tsun, y en otros los dos. En este, que un azar favorable le ha concedido, Yu Tsun ha llegado a su casa. En otro, al cruzar el jardín, lo ha encontrado muerto. En otro, Albert dice estas mismas palabras, pero es un error, un fantasma.
Yu Tsun le responde, no sin un temblor, que en todos esos tiempos agradece y venera su reconstrucción del jardín de Ts’ui Pên. «No en todos», murmura Albert con una sonrisa. El tiempo se bifurca sin cesar hacia innumerables futuros, y en uno de ellos él es su enemigo.
Yu Tsun vuelve a sentir aquella agitación. Le parece que el jardín húmedo que rodea la casa está colmado hasta el infinito de personas invisibles, y que esas personas son Albert y él mismo, ocupados en secreto en otras dimensiones del tiempo. Levanta los ojos y la leve pesadilla se disipa. En el jardín amarillo y negro hay un solo hombre, fuerte como una estatua, que avanza por el sendero. Es el capitán Richard Madden.
«El porvenir ya existe», responde Yu Tsun a la última frase de Albert, «pero yo soy su amigo». Y le pregunta si puede examinar otra vez la carta. Albert se levanta y, como antes, le da la espalda para abrir el cajón del escritorio. Yu Tsun ya tiene preparado el revólver. Dispara con sumo cuidado, y Albert se desploma sin una queja. Yu Tsun jura que su muerte fue instantánea.
Lo demás, dice, es irreal e insignificante. Madden irrumpe en la casa y lo arresta, y Yu Tsun es condenado a la horca. Ha vencido, sin embargo, aunque de un modo abominable. Berlín ya conoce el nombre secreto de la ciudad que debía atacar, y el día anterior a esta declaración la bombardearon. Yu Tsun lo leyó en los mismos periódicos que plantearon a Inglaterra el enigma de por qué un desconocido llamado Yu Tsun había asesinado al sabio sinólogo Stephen Albert. Su jefe, el hombre que en Berlín revisaba periódicos sin descanso, ha descifrado ese enigma. El parque de artillería se encontraba en una ciudad llamada Albert, y el problema de Yu Tsun era hacer llegar ese nombre a través del estruendo de la guerra. No encontró otro medio que matar a una persona que se llamara así. Por eso buscó a Albert en la guía telefónica, y todo indica que no sabía que ese desconocido era, además, el hombre que había descifrado la obra de su antepasado. Aunque el texto no lo diga expresamente, ese bombardeo es la luz insospechada que el comienzo prometía sobre la ofensiva británica, cuya postergación Liddell Hart atribuía a la lluvia.
Ahora se entiende, con toda probabilidad, quién era el inglés modesto de la confesión, el que durante una hora fue para Yu Tsun tan grande como Goethe: Stephen Albert. Su jefe ha comprendido la clave militar del crimen. Lo que no sabe, y nadie puede saber, es la innumerable contrición y el cansancio de Yu Tsun.
Análisis de El jardín de senderos que se bifurcan, de Jorge Luis Borges
«El jardín de senderos que se bifurcan» se publicó en 1941 y dio título al volumen que lo reunía con otros siete relatos. En el prólogo, Borges advierte que esta pieza, la octava, es policial, y que sus lectores asistirán a la ejecución y a los preparativos de un crimen cuyo propósito conocen, pero que no comprenderán hasta el último párrafo. Las demás, dice, son fantásticas. En 1944 el volumen pasó a formar la primera parte de Ficciones. La clasificación del propio autor señala la doble naturaleza del cuento. Su armazón es la de un relato de espionaje con un enigma policial, y sobre ella se levanta una especulación metafísica sobre el tiempo que termina formando parte del mecanismo de la intriga. Borges la presenta sin recurrir a nada sobrenatural, por medio de manuscritos, cartas, razonamientos y ejemplos narrativos.
El cuento se abre con una maniobra de apariencia documental. Un manual de historia consigna la postergación de una ofensiva británica en el verano de 1916, la atribuye a la lluvia y la juzga «nada significativa», con una ironía que solo se percibe al final. La declaración de Yu Tsun promete arrojar sobre ese hecho una luz insospechada, y cumple la promesa sin formularla nunca: el bombardeo del parque de artillería de Albert sugiere otra causa para la demora. El relato no desmiente el manual, pero muestra lo que la versión oficial deja fuera, una persecución y un asesinato que funcionaron como mensaje cifrado detrás de una línea sobre el clima. A esas dos voces se suma una tercera. El editor anónimo interrumpe la declaración con una nota al pie que llama «odiosa y estrafalaria» la sospecha de Yu Tsun sobre la muerte de Runeberg y ofrece la versión favorable al capitán: Runeberg atacó primero y Madden se defendió. El texto no decide cuál de las dos es cierta. El lector queda ante relatos parciales que compiten sobre los mismos hechos, una disposición que guarda cierta afinidad con la imagen de los senderos que se bifurcan, aunque aquí se trata de perspectivas sobre una sola historia y no de ramas del tiempo.
Yu Tsun está lejos del agente secreto movido por el patriotismo. Es un catedrático chino que trabaja para Alemania, desprecia a ese país «bárbaro» que lo ha rebajado a la condición de espía y no ve en Inglaterra a una enemiga. Lo mueve sobre todo el resentimiento ante el desprecio racial que atribuye a su jefe y el deseo de probarle que un chino puede salvar a sus ejércitos. A ese orgullo herido se suma el miedo. Yu Tsun se declara cobarde y necesita escapar de Madden, de modo que su hazaña nace tanto de la humillación como del instinto de supervivencia. Esa mezcla le niega cualquier grandeza heroica y vuelve más perturbador el crimen que comete.
Richard Madden encarna la presión material que acorta el tiempo. El cuento apenas le concede interioridad, pero lo define con precisión: es un irlandés al servicio de Inglaterra, sospechoso de tibieza y quizá de traición, y por eso está obligado a ser implacable. Sus apariciones marcan las etapas de la persecución, desde la voz en el teléfono y la carrera inútil por el andén hasta la figura que avanza por el jardín. Entre perseguidor y perseguido hay además un paralelo que el texto no subraya, pero deja ver. Los dos sirven a una potencia que no es la suya y los dos actúan para demostrar algo a quienes desconfían de ellos.
Stephen Albert entra en la historia por su apellido. Todo indica que Yu Tsun lo elige en la guía telefónica sin saber nada de él, y el azar quiere que ese desconocido sea el hombre que mejor ha comprendido la obra de Ts’ui Pên. Albert vivió en China, habla su lengua y ha dedicado años a reconstruir y traducir la novela. En su casa, el espía acosado recupera durante una hora su lugar de descendiente de una tradición que su propia familia despreciaba. La tragedia del encuentro está en que esa revelación, y la gratitud que despierta, no alteran en nada un plan decidido antes de conocerlo.
Ts’ui Pên nunca aparece en escena, pero organiza la dimensión intelectual del relato. Su familia conservaba el recuerdo de dos proyectos fracasados, una novela incoherente y un laberinto que nadie encontró. Albert descubre que eran uno solo. El libro es el laberinto, y su aparente desorden obedece a una estructura deliberada en la que las alternativas se realizan todas, cada una en un futuro distinto. El laberinto deja de ser un lugar y se convierte en una arquitectura del tiempo. Hay además un eco entre el destino de Ts’ui Pên y el de su intérprete. Ts’ui Pên murió a manos de un forastero mientras trabajaba en su obra, y el hombre que la descifró muere a manos de otro extranjero, poco después de haberla explicado.
La carta que lega el jardín «a los varios porvenires (no a todos)» da la clave de esa arquitectura. Las contradicciones de la novela dejan de ser errores en cuanto se abandona la idea de una sola secuencia temporal. La ausencia de la palabra «tiempo» completa la explicación. La adivinanza del ajedrez muestra el procedimiento, porque la palabra prohibida es justamente la que nombra el tema. Para Albert, callar siempre un término es la manera más enfática de señalarlo, y la novela entera habla del tiempo porque su forma intenta reproducirlo. El propio Albert pone un límite a su hallazgo cuando define la obra como una imagen incompleta, pero no falsa, del universo de Ts’ui Pên. En el cuento, la teoría es la concepción de Ts’ui Pên reconstruida por un sinólogo. El relato la hace resonar sobre la trama, pero no la convierte en una verdad comprobada sobre el mundo narrado.
El ejemplo de Fang ilustra el principio y, al mismo tiempo, anticipa la escena que se está viviendo. Un hombre guarda un secreto, un desconocido llama a su puerta y alguien decide matar. En casa de Albert los papeles están cruzados, ya que es el visitante quien guarda el secreto y quien ha resuelto matar, pero los elementos son los mismos. Entre los desenlaces que Albert enumera figura el de que mueran los dos, y es el que se cumple en esta rama del tiempo, con Albert muerto de un disparo y Yu Tsun condenado a la horca. Albert insiste en esas anticipaciones sin advertirlas. Primero menciona un pasado posible en que su visitante es su enemigo. Más tarde imagina un tiempo en que Yu Tsun, al cruzar el jardín, lo encuentra muerto, y cierra su exposición recordándole que en uno de los futuros es su enemigo. El hombre que ha descifrado el laberinto describe con exactitud su propia muerte sin reconocerla. Algo parecido ocurre con la fórmula que cierra las dos versiones del capítulo épico. Esos héroes resignados a matar y a morir describen la disposición de Yu Tsun mejor que cualquier explicación.
Todo el desenlace gira sobre la frase con que Yu Tsun responde a la última advertencia de Albert: «El porvenir ya existe, pero yo soy su amigo». La primera mitad aplica la regla que el espía se impuso en el tren, la de imaginar como cumplido el acto atroz y tratar el futuro como algo tan irrevocable como el pasado. La segunda mitad es sincera, y el disparo que llega poco después no la desmiente. Albert describe un universo en el que ninguna elección anula las demás. Yu Tsun, para poder actuar, necesita creer en un solo futuro y clausurar todos los otros. En la experiencia concreta del relato, el disparo es irreversible y lleva a Yu Tsun a la horca. La teoría de Ts’ui Pên permite imaginar otras series en las que las cosas ocurren de otro modo, pero el cuento solo narra esta. De esa tensión nace la fuerza del final. Yu Tsun mata a un hombre al que considera su amigo dentro del único tiempo que se ha impuesto, minutos después de oír que hay otros tiempos en los que podría ser cualquier cosa para él.
El cuento plantea dos enigmas. El primero pertenece a Ts’ui Pên: dónde está el laberinto y por qué su novela es contradictoria. Albert lo resuelve al identificar el libro con el laberinto. El segundo pertenece a Yu Tsun: cómo hacer llegar a Berlín el nombre de un lugar sin disponer de ningún canal seguro. El lector sabe desde temprano que ha concebido un plan, pero ignora su mecanismo hasta el último párrafo, cuando se revela que Stephen Albert fue elegido porque su apellido coincide con el nombre que había que transmitir. El primer enigma se resuelve en la conversación. El segundo, con la muerte del hombre que acaba de resolver el primero.
Esa revelación da sentido retrospectivo a varios detalles. La consulta de la guía telefónica era, en realidad, la búsqueda de un apellido. El revólver con una sola bala adquiere todo su peso, y la idea de que un pistoletazo puede oírse muy lejos anticipa, en sentido figurado, el disparo que llegará hasta Berlín. El jefe que espera noticias «examinando infinitamente periódicos» resulta ser el destinatario exacto del mensaje, porque el canal será la prensa. La regla de dar por cumplido el acto atroz explica, por último, que Yu Tsun pueda conversar durante una hora con el hombre al que piensa matar sin renunciar a su propósito. El texto no oculta su turbación, visible en el temblor con que agradece a Albert y en la agitación invisible que lo invade, pero esa turbación no alcanza a detenerlo.
El apellido «Albert» convierte el lenguaje en parte del mecanismo policial. Para los lectores del periódico designa a una víctima. Para el jefe alemán, que conoce el problema de Yu Tsun, designa también una ciudad. El crimen funciona porque una misma palabra tiene dos referentes según quién la lea, y Yu Tsun transforma así una noticia pública en un mensaje cifrado sin necesidad de ningún canal secreto.
La muerte de Albert concentra la contradicción moral del protagonista. Yu Tsun admira al sinólogo y venera su trabajo, y aun así lo mata con sumo cuidado. Solo después, en la declaración que dicta ya condenado, lo recuerda como el inglés modesto que durante una hora fue para él tan grande como Goethe. Por eso el éxito de la misión no se presenta como una victoria limpia. Yu Tsun dice haber vencido «abominablemente» y separa lo que su jefe puede comprender, la clave militar del crimen, de lo que queda fuera de ella y nadie puede conocer, lo que él llama su «innumerable contrición y cansancio».
