Resumen de El paso del Yabebirí, de Horacio Quiroga
«El paso del Yabebirí», de Horacio Quiroga, se publica el 22 de junio de 1917 en la revista El Hogar y se incorpora luego a Cuentos de la selva para los niños (1918). En Misiones, un hombre que vive a orillas del río Yabebirí impide la pesca con dinamita y, sin saberlo, gana la amistad de las rayas del río, que lo defenderán cuando llega herido a una isla, perseguido por los tigres del monte.
El Yabebirí está lleno de rayas y su aguijón causa un dolor terrible. Pero los peces sufren aún más por los hombres que pescan con bombas de dinamita: el estallido mata sin distinción a grandes y pequeños. En ese lugar se instala un hombre de carácter serio y compasión práctica. No prohíbe pescar para comer; solo impide las bombas, porque le duele la matanza inútil. Los dinamiteros se enfurecen, pero terminan alejándose. El río se calma. Los peces lo reconocen cuando se acerca, y las rayas lo siguen por la orilla cuando camina fumando, arrastrándose por el barro como si quisieran acompañarlo. Él vive tranquilo, sin advertir del todo esa compañía.
Una tarde, un zorro llega corriendo al agua y grita que el amigo de las rayas viene herido: ha peleado con un tigre y el tigre lo persigue; quizá cruce a la isla para rematarlo. Las rayas responden que al hombre le darán paso, pero al tigre no. Enseguida el hombre aparece entre las ramas con la camisa rota y la sangre cayéndole por la cara y el pecho. Tambalea hasta el río, entra al agua y las rayas se apartan como si abrieran un corredor. Cruza con el agua al pecho, llega a la isla y cae desmayado en la arena, vencido por la pérdida de sangre.
El tigre llega poco después, también herido. Ve al hombre tendido y se lanza al agua; apenas mete una pata, varias rayas le clavan el aguijón y lo obligan a retroceder roncando de dolor. El tigre exige que se aparten y ellas contestan que no hay paso: el hombre está bajo su protección. Para engañarlas, toma carrera y da un salto largo para caer en el centro del río, creyendo que allí no lo alcanzarán. Pero las rayas se corren a la canal. El tigre cae, da un paso y recibe una lluvia de picaduras que le perfora las patas; huye a la orilla y se echa de costado, ya vencido por el veneno.
Aparece la tigra, enfurecida al ver al tigre tirado. Exige paso y amenaza; las rayas se niegan. La tigra intenta acercarse y una raya le clava el aguijón entre los dedos; entonces decide subir río arriba para cruzar por otro punto. Las rayas se desesperan porque no nadan con rapidez para avisar. Una rayita propone llamar a los dorados, veloces y amigos. Un grupo de dorados sube como flechas, y las rayas alcanzan a concentrarse en el nuevo paso: cuando la tigra entra al agua, la acribillan a aguijonazos en las patas y la obligan a retirarse, hinchada y rabiosa.
El tigre y la tigra se internan en el monte. Las rayas viejas comprenden que irán a buscar a los otros tigres: si llegan muchos, el paso caerá. Van a la isla y encuentran al hombre débil, pero consciente. Le cuentan la defensa del río y él se enternece. Dice que, si atacan en masa, quizá pasen, y piensa en una salida: que alguien vaya a su casa a buscar el winchester y una caja de veinticinco balas. Pero no tiene amigos en el río fuera de los peces, y ninguno sabe andar por tierra. Sin embargo, el hombre recuerda a un carpinchito que vive en la punta de la isla y que se crio en su casa cuando pequeño. Mandan a un dorado a buscarlo. Para no perder tiempo, el hombre escribe una carta: disuelve sangre seca en la palma como tinta, usa una espina de pescado como pluma y una hoja seca como papel, y pide que le envíen el rifle y las balas con el carpinchito. Las rayas llevan la carta fuera del agua para que no se moje y el carpinchito sale corriendo entre el pajonal rumbo a la casa.
Los rugidos se acercan. Las rayas mandan a los dorados a recorrer el Yabebirí y convocar a todas: que se concentren alrededor de la isla. Cuando los tigres llegan a la costa, parecen todos los de Misiones. Exigen paso. Las rayas responden “ni nunca” y se lanzan al agua. El río se enturbia y se tiñe de sangre: los aguijonazos hinchan y envenenan, las zarpas desgarran, y los rugidos llenan la orilla. Tras el primer ataque, los tigres retroceden sin cruzar, pero las rayas quedan diezmadas y exhaustas.
La segunda acometida rompe la resistencia. Los tigres avanzan más y varios nadan hacia la isla: solo se ven sus cabezas acercándose. Las rayas entienden que ya no pueden cerrar el paso. En ese instante aparece cruzando el río un animalito colorado y peludo: el carpinchito vuelve nadando con el winchester y las balas sobre la cabeza. El hombre grita; pide que lo acomoden, carga el rifle y dispara justo cuando el primer tigre pisa la arena de la isla. Cae muerto. El hombre sigue tirando y cada estampido derriba otro; en pocos minutos la amenaza se deshace y los cuerpos se hunden o quedan a merced de las palometas y los dorados.
Con el tiempo, las rayas vuelven a poblar el río. El hombre se cura y, agradecido por esa lealtad, decide vivir en la isla. En las noches de verano se tiende a fumar bajo la luna, mientras las rayas hablan despacito y lo señalan a los peces nuevos, repitiendo la historia del día en que, aliadas con un hombre bueno, cierran el paso del Yabebirí a los tigres.
Análisis literario de El paso del Yabebirí, de Horacio Quiroga
En «El paso del Yabebirí», Quiroga ensaya una fábula de la selva que combina aventura, ternura y violencia en un mismo movimiento. Como parte de Cuentos de la selva para los niños, el relato se ofrece en una superficie accesible —animales que hablan, un héroe humano, un combate claro—, pero sostiene otros niveles: una ética de la convivencia con el entorno, una reflexión sobre la reciprocidad y una imagen simbólica del “paso” como frontera entre dos órdenes, el del monte depredador y el del río comunitario. La estructura fundamental es sencilla y casi musical: un acto inicial de cuidado (la prohibición de la dinamita) prepara una devolución posterior (la defensa de las rayas), y la narración crece por oleadas de amenaza, resistencia y resolución.
El protagonista humano no se define por hazañas previas ni por un prestigio social, sino por una decisión concreta: limitar la violencia innecesaria. Quiroga lo presenta con una bondad sin sentimentalismo, sostenida por un “carácter serio” que funciona como autoridad moral frente a los dinamiteros. Esa seriedad es importante: no se trata de un gesto compasivo aislado, sino de una norma de vida que ordena el espacio. Desde ese momento, el hombre deja de ser un cuerpo extraño y pasa a integrarse en la lógica del río. La selva, en Quiroga, suele castigar la soberbia humana; aquí, en cambio, el humano que comprende el equilibrio obtiene una alianza. La amistad no nace de palabras, sino de consecuencias: los peces viven, el río se mantiene fértil, y las rayas convierten ese beneficio en fidelidad.
Las rayas, por su parte, encarnan una fuerza colectiva que no depende del heroísmo individual, sino de la coordinación. Son peligrosas para cualquiera que irrumpe sin cuidado —su aguijón está anunciado como dolor absoluto—, pero la narración las reubica: el mismo instrumento que hiere al imprudente se vuelve arma legítima en defensa de un vínculo. Quiroga construye así un cambio de mirada: el río no es un decorado, sino un sujeto con su propia justicia. Cuando las rayas “dan paso” al hombre herido, el gesto tiene un valor casi ritual: el paso es un corredor que el río abre para quien lo ha respetado, y que se cierra para quien llega con intención de muerte.
Los tigres representan el orden del monte como violencia inmediata. No aparecen como criaturas demoníacas, sino como depredadores coherentes con su instinto: quieren terminar la pelea, quieren cobrar una presa. El relato, sin embargo, desplaza esa lógica al enfrentarlos con una comunidad organizada. La insistencia del tigre (“paso”) y la respuesta de las rayas (“ni nunca”) convierten el conflicto en un duelo de voluntades, casi en un litigio territorial. En ese intercambio se ve una idea central: la selva no es un caos sin reglas, sino una suma de dominios. El monte tiene sus asuntos “de ustedes”, pero el agua es otra jurisdicción. La frase que separa ambos ámbitos marca una frontera ética: lo que en tierra puede resolverse por fuerza, en el río se somete a otra ley, la de la protección acordada.
La secuencia de acciones se organiza como escalada estratégica. Quiroga no se limita a mostrar golpes: hace que cada bando piense. El tigre ensaya un salto para evitar la orilla; las rayas se desplazan a la canal. La tigra intenta un cruce alternativo; las rayas buscan velocidad y llaman a los dorados. Esta inteligencia distribuida es uno de los rasgos más eficaces del cuento: transforma a los animales en actores que leen el espacio y anticipan al enemigo. Para un lector joven, la escena funciona como aventura; para un lector adulto, exhibe una idea de comunidad: no basta con ser fuerte, hay que comprender el terreno y operar en conjunto. El río “enturbiado” por la movilización del fondo es, además, una imagen visual del cuerpo social en movimiento.
El relato introduce un detalle decisivo: la fragilidad del héroe. El hombre no gana la batalla con su cuerpo, sino que la sobrevive gracias a otros. Herido y casi inmóvil, depende de la protección del río. Esa inversión —el humano salvado por animales— invierte también una jerarquía habitual y educa la mirada del lector: la naturaleza no es solo algo que se usa o se teme; puede ser aliada si se la trata con justicia. Al mismo tiempo, Quiroga no niega la violencia: el río se vuelve sangre, las rayas mueren, las zarpas desgarran. La lección moral no llega por idealización, sino por costo. La lealtad se prueba en pérdidas, y el “paso” se defiende con sacrificio.
En ese punto aparece el carpinchito como figura de mediación. Es un animal de tierra, con memoria afectiva del mundo humano (se cría en su casa) y, a la vez, integrante del paisaje selvático. Su intervención resuelve un problema narrativo y simbólico: alguien debe unir el espacio doméstico (la casa, el arma, las balas) con el espacio del río. El mensaje escrito con sangre, la “pluma” de espina y el “papel” de hoja seca condensan el modo en que el protagonista, incluso postrado, se adapta a los recursos del entorno. No impone una tecnología externa: la traduce a la selva. En términos simbólicos, la escritura con sangre hace visible el pacto: el hombre literalmente firma con su vida la alianza que lo sostiene.
El winchester introduce una tensión interesante en un libro para niños: la solución final es un arma de fuego. Pero Quiroga encuadra esa violencia como defensa y como retribución, no como dominio gratuito. Antes del rifle, la resistencia es corporal, colectiva, casi “natural”; el arma llega cuando el equilibrio está por quebrarse y cuando la comunidad ha agotado sus fuerzas. Aun así, el texto no oculta el efecto: los tigres mueren “uno tras otro”, y la selva continúa con su ciclo (palometas y dorados que consumen los cuerpos). De nuevo, la narración evita la moraleja fácil: no hay castigo sobrenatural, hay cadena alimentaria. Lo que cambia no es la existencia de la muerte, sino el sentido que adquiere dentro de un sistema de reciprocidades.
En el plano del estilo, el cuento se apoya en una oralidad controlada: repeticiones, exclamaciones, diálogos breves y fórmulas que vuelven (“paso”, “ni nunca”). Esas recurrencias crean ritmo y claridad, y al mismo tiempo dramatizan la obstinación de ambos bandos. La inclusión del guaraní (“ni nunca”) no es un adorno: ancla el relato en Misiones, introduce una tonalidad local y sugiere que la selva tiene lengua propia. Las imágenes son directas y sensoriales —sangre, barro, agua turbia, patas hinchadas—, y esa precisión sostiene la tensión sin necesitar explicaciones abstractas. Quiroga enseña a ver: el río habla con hechos, no con discursos.
El cierre, con el hombre instalado en la isla y las rayas contando la batalla a los peces nuevos, transforma la aventura en memoria compartida. No es solo un final feliz; es la consolidación de un pacto. El protagonista elige vivir donde la lealtad se manifestó, como si aceptara que su lugar ya no está en la orilla solitaria, sino en el corazón del río. Y las rayas, al narrar, convierten el episodio en tradición: el “paso” deja de ser un sitio físico y se vuelve un relato fundador, una historia que ordena la comunidad y recuerda que el cuidado —aunque parezca pequeño, como prohibir una bomba— puede volver, en el momento extremo, en forma de salvación.
