Resumen de Macario, de Juan Rulfo
«Macario» es uno de los diecisiete relatos que componen El llano en llamas, la colección de cuentos que Juan Rulfo publicó en 1953 y que lo consagró como uno de los narradores más singulares de la literatura en lengua española. Publicado originalmente en 1945 en la revista Pan de Guadalajara, es uno de los textos más tempranos de Rulfo. En apenas unas páginas, el cuento presenta la voz de Macario, un joven aparentemente discapacitado o con algún trastorno mental, que narra en primera persona, desde la orilla de una alcantarilla, los pormenores de su vida encerrada entre la casa de su madrina, la cocina de Felipa y su propio cuarto oscuro e infestado de insectos.
Macario se encuentra sentado junto a la alcantarilla porque su madrina le ha encomendado una tarea: esperar a que las ranas salgan para matarlas a tablazos. El canto nocturno de los anfibios le ha espantado el sueño a la mujer, y ahora necesita silencio para descansar. Mientras aguarda, Macario deja correr su pensamiento sin orden aparente. Describe las ranas, verdes por fuera y claras por la panza, y los sapos, que son negros. Los asocia de inmediato con los ojos de su madrina, también negros, y con los ojos de Felipa, verdes como los de los gatos. Esta cadena de asociaciones visuales marca el ritmo de todo su relato: cada objeto, cada sensación, lo conduce a otro recuerdo o a otra inquietud, sin que exista una frontera clara entre lo presente y lo evocado.
La vida de Macario gira en torno a dos mujeres. Su madrina es quien pone el dinero, reparte la comida y dicta las reglas. Después de servirse ella misma, separa dos montoncitos de comida: uno para Felipa, la sirvienta que cocina para los tres, y otro para Macario. Felipa, en cambio, ocupa un lugar más íntimo y cálido en el mundo del narrador. Cuando no tiene hambre, le cede su porción, y Macario la adora por eso, porque él padece un hambre perpetua que nunca se sacia, ni siquiera devorando el garbanzo remojado de los puercos gordos o el maíz seco de los flacos. En la calle, la gente dice que está loco precisamente por esa hambre sin fin. Macario no lo ha oído él mismo, pero su madrina se lo ha referido, y él confía en que ella no miente.
La madrina apenas lo deja salir. Cuando lo hace, es para llevarlo a misa, donde le amarra las manos con las barbas de su rebozo para evitar que cometa alguna «locura». Macario recuerda vagamente que una vez lo acusaron de ahorcar a una señora, aunque él no guarda memoria del suceso. En la calle lo apedrean y lo golpean cada vez que lo ven, de modo que ha terminado por vivir encerrado. Sale únicamente de madrugada, todavía a oscuras, para barrer la calle, y se mete de nuevo antes de que amanezca. Después de comer, se recluye en su cuarto, atranca la puerta y permanece en la penumbra, acostado sobre costales, aplastando cucarachas con la mano y soportando el paso lento de los alacranes que bajan del techo y caminan por su cuerpo.
Felipa es también quien lo alivia del miedo al infierno, el otro gran tormento de Macario. Él teme condenarse por tener la cabeza dura —disfruta golpeársela contra los pilares y el suelo para oír un sonido que le recuerda al tambor de la chirimía en las fiestas religiosas—, y su madrina refuerza ese miedo al decirle que las cucarachas y alacranes de su cuarto son anuncio de la condenación que le espera. Felipa, por el contrario, le promete que confesará todos sus pecados ante Dios, que subirá al cielo y le pedirá al Señor que lo perdone. Se confiesa cada día no por sus propias culpas, sino para sacarle a Macario los demonios del cuerpo. Además, en otro tiempo, Felipa iba por las noches a su cuarto, se acostaba junto a él y le daba a beber la leche de sus pechos, una leche que Macario describe como dulce y caliente, semejante al sabor de las flores de obelisco. Mientras lo amamantaba, le hacía cosquillas por todo el cuerpo y así le espantaba el frío y el terror de morir solo en la oscuridad. Hace ya mucho que Felipa dejó de visitarlo por las noches, y Macario añora esos momentos con una intensidad que reaparece al final del relato.
El cuento se cierra con Macario todavía junto a la alcantarilla. Ninguna rana ha salido. Él teme quedarse dormido, porque si no las mata, su madrina se llenará de coraje y pedirá a los santos de su cuarto que envíen a los diablos a llevarlo a la condenación eterna, sin pasar siquiera por el purgatorio, donde él cree que están su padre y su madre. Ante esa perspectiva, decide seguir hablando para no dormirse. Y lo último que confiesa es su deseo más hondo: volver a probar la leche de Felipa, aquella leche buena y dulce como la miel que brota de las flores del obelisco.
Análisis de Macario, de Juan Rulfo
Publicado en 1953 como parte de la colección El llano en llamas, «Macario» es sin embargo uno de los textos más tempranos de Rulfo: fue publicado por primera vez en 1945, ocho años antes de que apareciera el libro completo. Rulfo elige para este cuento no una historia de acción ni un panorama del campo mexicano, sino el monólogo interior de una conciencia marginal que apenas distingue entre lo vivido y lo temido, entre el hambre del cuerpo y el hambre del alma. El cuento opera en al menos tres niveles de lectura: como retrato de un personaje excluido que sobrevive al margen de un pueblo hostil; como exploración de una religiosidad popular que mezcla el dogma católico con el miedo ancestral; y como pieza poética construida sobre un sistema de asociaciones sensoriales —colores, sabores, texturas, sonidos— que reemplazan la lógica causal del relato convencional.
La estructura del cuento es, en apariencia, caótica, pero responde a una lógica interna precisa. Macario no narra acontecimientos en secuencia, sino que salta de un tema a otro por contigüidad sensorial o emocional. Las ranas verdes lo llevan a los ojos de Felipa; los ojos de Felipa lo llevan a la comida; la comida lo lleva al hambre; el hambre a la locura que le atribuyen en la calle; la calle al encierro; el encierro a la oscuridad de su cuarto; la oscuridad al miedo al infierno; el infierno a Felipa como salvadora. Este movimiento circular, que comienza y termina en la alcantarilla, convierte el monólogo en un laberinto emocional sin salida. Rulfo consigue así que la forma del texto reproduzca la experiencia subjetiva del personaje: una mente atrapada en sus propios circuitos de deseo y terror.
El uso de la primera persona es decisivo. Todo lo que el lector sabe pasa por la percepción de Macario, un narrador que no comprende del todo lo que le sucede ni por qué. Esa distancia entre lo que él cuenta y lo que el lector puede inferir genera una ironía dramática constante. Cuando Macario dice que «un día inventaron que yo andaba ahorcando a alguien», el verbo «inventaron» sugiere que él no cree en la acusación, pero de inmediato admite que no lo recuerda y que su madrina nunca miente. El lector queda, entonces, ante una ambigüedad irresoluble: no puede saber si Macario es violento o si el pueblo simplemente lo persigue por ser diferente. Esa ambigüedad es la columna vertebral del cuento; Rulfo se niega a resolverla y obliga al lector a convivir con la incertidumbre, igual que Macario convive con sus alacranes.
Los dos personajes femeninos configuran un par de fuerzas opuestas que gobiernan la vida del protagonista. La madrina representa la ley, la norma, el castigo. Es ella quien controla el dinero, reparte la comida, amarra las manos de Macario, lo confina en la casa y lo amenaza con el infierno. Su autoridad se ejerce a través de la privación y el miedo. Felipa, en cambio, encarna el consuelo, la abundancia corporal y el afecto. Le da comida extra, le ofrece la leche de sus pechos, lo acompaña en la noche, le hace cosquillas, le promete interceder ante Dios por sus pecados. Esta dualidad no es solo psicológica sino también simbólica: la madrina es la imagen de un catolicismo punitivo que administra la culpa, mientras que Felipa representa una forma de redención carnal e intuitiva, más cercana a la piedad popular que al dogma institucional.
El hambre de Macario trasciende lo fisiológico. Es una carencia que contamina todos los planos de su existencia. Come sin saciarse; bebe la leche de Felipa y la añora cuando se acaba; devora flores, garbanzo de puercos, incluso sapos. Esa hambre es también afectiva: Macario está hambriento de contacto, de compañía, de un lugar en el mundo. El acto de chupar la leche de Felipa fusiona la necesidad alimentaria con la necesidad de ternura, y Rulfo presenta esta fusión sin juzgarla ni patologizarla. Para Macario, no hay distinción entre comer y ser amado; ambas cosas aplacan el mismo vacío. Esta equiparación entre alimento y afecto confiere al cuento una resonancia que va más allá del caso particular del personaje y apunta a una condición humana más amplia: la de quien vive en tal grado de despojo que todas sus carencias se han fundido en una sola.
La religión ocupa un espacio ambivalente. Macario teme el infierno con una angustia genuina que le ha sido inculcada por la madrina y por el cura del pueblo, cuyas palabras —«El camino de las cosas buenas está lleno de luz. El camino de las cosas malas es oscuro»— resuenan en su memoria como un veredicto. Para él, la oscuridad no es solo la ausencia de luz sino la presencia del pecado; por eso se niega a encender el ocote en su cuarto, por temor a que los pecados lo encuentren desprevenido. Sin embargo, al mismo tiempo disfruta golpeándose la cabeza contra el suelo para reproducir el sonido del tambor que acompaña a la chirimía en las fiestas religiosas. La experiencia sagrada, para Macario, no pasa por la comprensión del sermón sino por la percepción sensorial de la música. Rulfo muestra con esto cómo la religiosidad oficial y la vivencia personal de lo sagrado discurren por cauces completamente distintos dentro de una misma cultura.
El cuarto de Macario funciona como un microcosmos simbólico. Es oscuro, poblado de cucarachas, grillos y alacranes, y allí el protagonista permanece inmóvil sobre costales, conteniendo la respiración mientras las alimañas caminan sobre su cuerpo. La imagen evoca una sepultura anticipada: Macario ya vive, de cierto modo, en el inframundo que tanto teme. Los grillos, según la creencia que Felipa le ha transmitido, cantan para cubrir los gritos de las ánimas del purgatorio; si dejaran de cantar, esos lamentos inundarían el mundo. Este detalle conecta el espacio íntimo del cuarto con el universo de los muertos y los condenados, y prefigura el territorio narrativo que Rulfo explorará con mayor amplitud en Pedro Páramo, donde los vivos y los muertos comparten el mismo escenario sin que medie una frontera visible entre ambos mundos.
El estilo de Rulfo en este cuento es de una economía engañosa. Las oraciones son breves, el vocabulario es sencillo y la sintaxis imita el habla rural, pero cada frase está cargada de resonancias. La repetición de palabras como «hambre», «infierno», «oscuro», «leche» y «ranas» genera una textura rítmica que se asemeja más a la poesía que a la prosa convencional. Rulfo no explica, no contextualiza, no interviene con una voz autoral que aclare lo que el narrador no puede entender por sí mismo. El resultado es un texto de una intensidad concentrada que exige del lector una participación activa: es él quien debe reconstruir las circunstancias, interpretar las ambigüedades y dar sentido a los silencios. En «Macario», Rulfo demuestra que la mayor elocuencia narrativa puede residir en la voz de quien menos capacidad tiene de explicarse.
