Resumen de El bromista, Isaac Asimov
Noel Meyerhof consulta una lista de chistes que ha preparado y escoge, guiado por su intuición, el primero que quiere contar a Multivac. Frente a él solo se ve una pequeña parte de aquella computadora gigantesca, la más compleja que se haya construido, con unos dieciséis kilómetros de longitud. Meyerhof no se deja intimidar por su tamaño: conoce la máquina y está acostumbrado a manejarla. Comienza con la historia de un hombre que regresa inesperadamente de un viaje de negocios y encuentra a su esposa en brazos de su mejor amigo. Sorprendido, le dice al amigo que él, por estar casado con la mujer, tiene que acostarse con ella, pero no comprende qué necesidad tiene el otro. Después deja que el chiste llegue a los circuitos de Multivac.
En ese momento una voz lo interrumpe. Es Timothy Whistler, un analista de alto rango con quien trabaja habitualmente. Meyerhof, que suele recibirlo de buen humor, se vuelve irritado y le exige que llame antes de entrar. Whistler asegura que ya lo ha hecho, pero que nadie ha respondido y la señal que advierte que la sala está en funcionamiento permanece apagada. Absorbido por su nuevo proyecto, Meyerhof ha olvidado encenderla. Está convencido de que su investigación es importante, aunque ni siquiera él podría explicar por qué. Whistler había venido a consultar algunas lagunas en una respuesta sobre cuestiones hiperespaciales, pero, al advertir que Meyerhof se encuentra solo, recuerda lo que acaba de oír. ¿Le estaba contando uno de sus famosos chistes a Multivac? Meyerhof reconoce que sí y, cuando el analista le pregunta para qué, responde que no tiene obligación de darle explicaciones. Desconcertado por aquella reacción tan poco habitual, Whistler se retira.
A solas otra vez, Meyerhof enciende de un golpe la señal de funcionamiento y comienza a pasearse por la sala, todavía furioso. Se reprocha haber tratado con demasiada familiaridad a técnicos, analistas y mecánicos, como si fueran sus iguales y pudieran tomarse tales libertades. Ni siquiera saben contar bien un chiste, piensa con desprecio. Esa idea lo devuelve a su trabajo. Reactiva el circuito y relata la historia de un pasajero que sufre un mareo insoportable durante una travesía marítima. Un camarero intenta consolarlo asegurándole que nadie muere por mareo, pero el enfermo le ruega que no le quite la única esperanza que lo mantiene con vida.
Whistler, entretanto, se dirige al despacho de Abram Trask. De camino saluda a una secretaria y le llama la atención que todavía exista ese oficio en un mundo del siglo XXI dominado por las computadoras. Trask es el funcionario del gobierno encargado de la División de Computadoras y Automatización del Departamento del Interior. Mientras los especialistas trabajan con Multivac, a él le corresponden las decisiones administrativas relacionadas con las personas que dependen de la máquina. Cuando Whistler le advierte que tienen un problema y menciona el nombre de Meyerhof, Trask comprende de inmediato que el asunto será delicado.
El analista le explica por qué Meyerhof no puede ser tratado como un empleado cualquiera. Multivac sería capaz de resolver prácticamente todos los problemas de la humanidad si recibiera las preguntas adecuadas. Pero, a medida que el conocimiento avanza, resulta cada vez más difícil descubrir cuáles son esas preguntas. No basta con razonar ni con dominar una especialidad. Hace falta una intuición extraordinaria, semejante a la del gran maestro de ajedrez que distingue la mejor jugada entre innumerables posibilidades. En todo el mundo apenas hay una docena de personas con esa facultad, y solo surge una o dos por generación. Meyerhof es una de ellas. Nadie puede juzgar con facilidad el valor de sus preguntas, y numerosos investigadores dependen de que continúe formulándolas.
Trask supone que una posición tan excepcional debe hacer sentir a sus poseedores como reyes del mundo. Whistler le hace ver lo contrario: los Grandes Maestros no tienen iguales con quienes hablar y apenas encuentran un lugar entre los demás. Meyerhof no está casado, no bebe y carece de facilidad para la vida social, pero procura reunirse con sus compañeros al menos una vez por semana. Allí cuenta chistes. Conoce una cantidad asombrosa y tiene el talento de hacer divertidas incluso las historias más gastadas. Sus oyentes ríen, lo felicitan y le dan palmadas en la espalda. Por unos momentos dejan de verlo como a uno de los hombres más extraordinarios del mundo y lo tratan como a un compañero. Esa aceptación es lo que Meyerhof busca en las reuniones.
Whistler teme que un día se quede sin chistes, comience a repetirlos y las risas desaparezcan. Si pierde la única manera que conoce de acercarse a sus compañeros, podría quedar completamente aislado. El analista ignora hasta qué punto esa infelicidad afectaría su intuición, pero la humanidad no puede arriesgarse a perder a uno de sus escasos Grandes Maestros. Todavía no ha oído a Meyerhof repetir una historia, aunque sospecha que él mismo teme estar haciéndolo. Por eso cree que está introduciendo chistes en la memoria de Multivac para obtener nuevas versiones y asegurarse un repertorio inagotable. Le preocupa que utilice una computadora tan importante para resolver una dificultad personal. Además, considera que los Grandes Maestros poseen cierta inestabilidad mental y deben ser vigilados. Tal vez el comportamiento de Meyerhof anuncie una crisis. Trask acepta entrevistarse con él para averiguar qué ocurre.
Mientras tanto, Meyerhof continúa contando chistes a Multivac. El siguiente trata de un joven que recoge flores para su amada cuando descubre que se encuentra en el mismo campo que un toro de aspecto amenazador. Al divisar a un granjero al otro lado de una cerca distante, le pregunta si el animal es peligroso. El hombre responde que el toro está perfectamente a salvo, pero que no puede decir lo mismo del muchacho. Meyerhof va a pasar al siguiente chiste cuando llega un mensaje: Trask desearía verlo, si puede dedicarle unos minutos. La fórmula es deliberadamente respetuosa. Nadie puede dar órdenes a un Gran Maestro, y Meyerhof tendría pleno derecho a ignorar la petición. Sin embargo, sabe que, si no acude, continuarán molestándolo. Suspende el circuito que está utilizando, lo deja bloqueado, activa la señal que impide entrar en su despacho durante su ausencia y sale al encuentro del funcionario.
Trask lo recibe con deferencia e intenta iniciar una conversación amistosa, pero Meyerhof contesta con sequedad. Cuando el funcionario menciona su habilidad para contar anécdotas, se muestra aún más susceptible y termina ofreciéndole un chiste. Una mujer lee la tarjeta que ha salido de una máquina de pesar: dice que su marido es inteligente, trabajador y atractivo para las mujeres. Luego da vuelta la tarjeta y observa que también se han equivocado con el peso de su esposo. Aunque el remate es previsible, Trask no puede evitar reírse ante la habilidad con que Meyerhof reproduce la voz y la expresión de desprecio de la mujer. El Gran Maestro, en vez de celebrar la risa, le exige que explique qué ha encontrado divertido.
Trask intenta razonar: la última frase hace que todo lo anterior adquiera un sentido inesperado. Meyerhof le señala que acaba de reírse de la humillación de un marido cuya esposa está convencida de que no posee ninguna virtud. ¿Le parecería gracioso al hombre que acaba de ser ridiculizado? Sin darle tiempo a responder, le cuenta otro chiste. Un hombre llora junto a la cama de su esposa moribunda mientras ella insiste en confesarle una infidelidad. Él trata de tranquilizarla y le dice que ya lo sabe, pues precisamente por eso la ha envenenado. Trask intenta contener la risa, pero se le escapa una risita. Meyerhof observa que también el adulterio y el asesinato han resultado divertidos.
El Gran Maestro explica entonces que lleva tiempo preguntándose por la naturaleza del humor. Ha leído numerosos libros sobre el tema e incorporado buena parte de ellos a la información de Multivac. Conoce las teorías que atribuyen la risa al sentimiento de superioridad sobre los personajes de un chiste, a una incongruencia repentina, al alivio de la tensión o a una nueva interpretación de los hechos. Ninguna le parece satisfactoria. Las mismas historias hacen reír a unos y dejan indiferentes a otros. Incluso hay personas que no se ríen de ningún chiste y, sin embargo, el ser humano parece ser el único animal dotado de un verdadero sentido del humor. Trask comprende por fin que las historias transmitidas a Multivac forman parte de una investigación. Meyerhof no está intentando simplemente ampliar su repertorio.
Pero al Gran Maestro lo inquieta algo más concreto que las teorías sobre la risa. Recuerda que, aproximadamente un mes antes, pasó una noche intercambiando chistes con sus compañeros. Como de costumbre, contó la mayoría. No sabe si los demás se reían porque las historias les parecían divertidas o solo para complacerlo. En cualquier caso, uno de ellos lo felicitó por conocer más chistes que otras diez personas juntas. El comentario despertó en él una duda inesperada: a lo largo de su vida ha contado cientos, quizá miles de chistes, pero no ha inventado ni uno solo. Todos los oyó de alguien o los leyó en alguna parte. Y nunca ha conocido a una persona que afirmara haber creado los chistes que cuenta. Cada cual parece limitarse a transmitir historias escuchadas de otros, sin que nadie sepa quién las inventó.
Además, muchos de esos chistes son antiquísimos. Algunos siguen hablando del mareo durante los viajes por mar, aunque en aquella época ya resulta fácil prevenirlo. Otros mencionan máquinas de pesar que imprimen predicciones personales, aparatos que solo pueden encontrarse en tiendas de antigüedades. Para Meyerhof no se trata únicamente de que ciertas historias hayan sobrevivido al paso del tiempo: sospecha que, para provocar risa, un chiste no debe ser original. Los juegos de palabras parecen confirmar esa diferencia. Es posible inventarlos en el momento, y él mismo ha creado algunos, pero en lugar de carcajadas suelen producir gemidos, tanto más intensos cuanto más ingenioso es el juego verbal. Si los chistes que hacen reír siempre pasan de una persona a otra, ¿quién los ha inventado originalmente?
Esa es la primera pregunta que Meyerhof quiere plantear a Multivac. Ya ha incorporado a la computadora cuanto considera pertinente sobre el humor y ahora está alimentándola con una selección de chistes. Trask le pregunta por qué eligió precisamente esos, pero el Gran Maestro no sabe explicarlo: simplemente le parecieron los adecuados. Para juzgar su importancia se guía por la misma intuición que lo distingue de los demás. Antes de marcharse, anuncia que necesitará a Whistler para interpretar las respuestas y pide que acuda al departamento de Análisis dos días después. Trask solicita permiso para presenciar el trabajo y Meyerhof no pone objeciones.
De regreso a Multivac, Meyerhof examina varias posibilidades antes de escoger con especial cuidado el último chiste de la serie. Trata de Ug, un cavernícola cuya compañera llega corriendo y le suplica que haga algo: un tigre de dientes de sable ha entrado en la cueva de la madre de ella. Ug no parece alarmado. ¿Por qué habría de preocuparle lo que le ocurra al tigre? Cuando termina de contar la historia, Meyerhof formula a Multivac sus dos preguntas y da por concluida la tarea. Por ahora solo ha explicado a Trask la primera.
Más tarde, Trask se reúne de nuevo con Whistler. Reconoce que Meyerhof se ha comportado de una manera extraña, pero no ha encontrado razones para considerarlo trastornado. Tampoco cree que puedan impedirle investigar solo porque sus preguntas resulten absurdas. La ciencia, recuerda, ha avanzado tanto que las preguntas sensatas y evidentes ya fueron formuladas y respondidas. Quizá las únicas que todavía permitan descubrir algo importante sean precisamente las que parecen ridículas. Whistler continúa preocupado, pero acepta examinar los resultados de Multivac.
Mientras conversan, Trask reconoce que ni siquiera comprende en qué consiste exactamente el trabajo de un analista. Whistler se lo explica: el Gran Maestro formula la pregunta en palabras y Multivac la transforma en cantidades y operaciones. Gran parte de su enorme tamaño se debe a los mecanismos que realizan esa conversión. La máquina obtiene la respuesta, pero solo la traduce nuevamente al lenguaje corriente cuando se trata de cuestiones sencillas. Hacerlo en todos los casos exigiría multiplicar al menos por cuatro sus dimensiones. Por eso existen los analistas, que interpretan los resultados con ayuda de computadoras auxiliares construidas para tareas específicas. Whistler compara a Multivac con el oráculo de Delfos: sus respuestas también necesitan intérpretes.
Dos días después, Meyerhof los espera junto a Multivac. Whistler pregunta qué circuitos ha utilizado y se pone a trabajar. Ante los ojos de Trask, una cinta empieza a desenrollarse cubierta de series interminables de puntos incomprensibles. El analista estudia esos signos, escucha información por los auriculares y dicta instrucciones a sus asistentes, que trabajan en otro sector de la instalación con computadoras auxiliares. De vez en cuando pulsa un teclado cubierto de símbolos extraños. Transcurre más de una hora y su expresión se vuelve cada vez más sombría. En un momento levanta la vista, como si estuviera a punto de decir que lo descubierto es increíble, pero vuelve a concentrarse. Finalmente, con los ojos enrojecidos, anuncia que puede ofrecer una respuesta provisional. La interpretación definitiva tendrá que esperar a que concluya el análisis completo.
La respuesta a la primera pregunta es tan inesperada que Trask apenas puede creerla: los chistes tienen un origen extraterrestre. Según Multivac, ninguno de los chistes que hacen reír fue inventado por un ser humano. Una inteligencia ajena a la Tierra compuso las historias originales y las introdujo en determinadas mentes, en momentos y lugares escogidos, sin que sus receptores fueran conscientes de haberlas recibido. Desde entonces los hombres no han hecho más que repetirlas, adaptarlas o introducir pequeñas variaciones. Meyerhof, lejos de mostrarse horrorizado, recibe la noticia con satisfacción. Le parece perfectamente compatible con lo que sabe de los escritores humorísticos, que suelen transformar chistes antiguos para darles nuevos usos. Su intuición le ha permitido formular la pregunta acertada.
Trask quiere saber por qué alguien se tomaría el trabajo de sembrar chistes entre los seres humanos. Whistler explica que, según Multivac, el propósito más compatible con los datos es estudiar la psicología humana. Los científicos observan a las ratas mientras las hacen recorrer laberintos, sin que los animales comprendan la finalidad de las pruebas. De modo semejante, unas inteligencias superiores introducirían anécdotas cuidadosamente seleccionadas y observarían cómo reacciona cada individuo. Unos ríen ante una historia y otros permanecen indiferentes. Esas diferencias proporcionan información sobre sus mentes. Para los responsables del experimento, los seres humanos serían lo que las ratas de laboratorio son para los investigadores de la Tierra.
Trask comprende, horrorizado, lo que implica esa explicación: el sentido del humor parece haberles sido impuesto a los seres humanos desde fuera. Meyerhof recuerda que los juegos de palabras inventados espontáneamente no producen la misma risa que los chistes tradicionales. Whistler supone que los extraterrestres anulan las reacciones ante ese humor original para que no interfiera con sus observaciones. Trask se resiste a aceptar semejante conclusión y pregunta si sus compañeros realmente creen lo que están diciendo. Whistler responde que eso es lo que afirma Multivac. Cualquier investigación posterior tendría que partir de allí, aunque la sola idea de seguir indagando parece atemorizarlo.
En ese momento Meyerhof recuerda a los otros que hizo dos preguntas y que solo han respondido la primera. La segunda era qué efecto tendría sobre la humanidad el descubrimiento del verdadero origen de los chistes. Ni siquiera él sabe por qué se le ocurrió formularla: sintió que era necesario hacerlo. Trask, que antes había defendido el derecho del Gran Maestro a investigar, empieza ahora a calificar de locura todo el asunto. Pero su incredulidad tropieza con un hecho inquietante: en cincuenta años, nadie que hubiera puesto en duda una respuesta obtenida por Multivac a partir de la pregunta de un Gran Maestro había conseguido demostrar que era falsa.
Whistler vuelve a trabajar en silencio con Multivac y las máquinas auxiliares. Pasa otra hora antes de que pueda comunicarles la segunda respuesta. Basta con que un solo ser humano descubra la verdadera naturaleza del procedimiento extraterrestre para que deje de ser útil como método de observación objetiva. Trask pregunta con voz débil si eso significa que ya no enviarán nuevos chistes. Whistler lo corrige: no se trata de algo que vaya a suceder más adelante. El experimento ya ha terminado. Sus responsables deberán reemplazarlo por otra técnica.
Los tres se miran sin hablar. Pasan los minutos hasta que Meyerhof admite lentamente que Multivac tiene razón. Whistler lo sabe también, y Trask acaba por reconocerlo en un susurro. Entonces es el propio Meyerhof, el hombre que parece tener un repertorio inagotable de chistes, quien descubre la prueba. Lleva cinco minutos intentando recordar uno solo y no lo consigue. Está seguro, además, de que si leyera alguno en un libro tampoco le haría gracia. Trask comprende lo que han perdido: el sentido del humor ha desaparecido y ningún ser humano volverá a reír. Los tres permanecen inmóviles, sintiendo que el mundo se reduce a las dimensiones de una jaula de laboratorio. Los investigadores invisibles han retirado el laberinto con el que estudiaban a sus ratas. Algo ocupará pronto su lugar, pero nadie sabe qué será.
Análisis literario de El bromista, Isaac Asimov
«El bromista» («Jokester») es un cuento de ciencia ficción de Isaac Asimov, publicado por primera vez en diciembre de 1956 en la revista Infinity Science Fiction y recogido después en el volumen Earth Is Room Enough (1957). Pertenece a la vertiente especulativa del género y, más concretamente, al relato de ideas: parte de una pregunta en apariencia menor —de dónde vienen los chistes— y desarrolla sus consecuencias hasta transformar la comprensión que los personajes tienen de la humanidad. Su argumento combina la presencia de una supercomputadora, una posible intervención extraterrestre y una reflexión sobre el origen de la risa. No se apoya en aventuras espaciales ni en escenas de acción, sino en la investigación de un hecho cotidiano que todos creen conocer.
La historia transcurre en un siglo XXI imaginado desde mediados del siglo XX. Multivac, la gigantesca computadora que concentra el conocimiento disponible, puede responder problemas de enorme complejidad. Pero Asimov establece una limitación decisiva: disponer de respuestas no equivale a saber qué preguntar. Para que la máquina resulte útil necesita a los Grandes Maestros, individuos excepcionalmente dotados para reconocer problemas significativos mediante la intuición. Después intervienen los analistas, encargados de traducir las respuestas cifradas de Multivac a un lenguaje comprensible. Así se distinguen tres funciones que sostienen la investigación: Meyerhof encuentra la pregunta, la computadora produce el resultado y Whistler lo interpreta. La comparación de Multivac con el oráculo de Delfos subraya que incluso un saber inmenso puede ser inaccesible sin mediadores humanos.
Noel Meyerhof ocupa el centro del relato. Su inteligencia le concede una posición privilegiada, pero también lo condena al aislamiento. Los demás lo consideran indispensable y, justamente por eso, les cuesta tratarlo como a un igual. Contar chistes le permite romper por un momento esa distancia: sus compañeros ríen, le dan palmadas en la espalda y olvidan que están ante un Gran Maestro. Meyerhof busca esa aceptación, aunque no siempre está seguro de que las risas sean sinceras. En esa fragilidad se prepara una de las ironías más dolorosas del desenlace: al investigar el fenómeno que le permite acercarse a otras personas, acaba perdiéndolo junto con toda la humanidad.
Timothy Whistler es quien descubre a Meyerhof utilizando Multivac de una manera desconcertante y pone en marcha el conflicto inicial. Interpreta mal lo que ve: cree que el Gran Maestro quiere conseguir una provisión inagotable de chistes para conservar la aceptación de sus compañeros. Su preocupación nace del conocimiento que tiene de él, pero también de su idea de que los Grandes Maestros son psicológicamente inestables y necesitan vigilancia. Más adelante, Whistler se vuelve indispensable como intérprete de las respuestas de Multivac. Es el primero en expresar verdadero temor ante lo descubierto. Su paso de la sospecha de una crisis personal al reconocimiento de un experimento extraterrestre acompaña el cambio de escala del cuento.
Abram Trask representa la mirada administrativa y escéptica. Al principio, la conducta de Meyerhof le parece un asunto que debe investigarse con prudencia, no una razón suficiente para intervenir. Recuerda que nadie está capacitado para determinar de antemano qué preguntas resultarán útiles a un Gran Maestro. Más tarde, cuando Multivac ofrece una explicación que altera todas las ideas habituales sobre el humor, Trask se aferra a la incredulidad. La inversión es deliberada: Whistler, que veía señales de desequilibrio en la investigación, acepta finalmente lo que dice la máquina, mientras Trask, que la había defendido, comienza a llamarla una locura. Los personajes reaccionan de maneras diferentes ante el mismo conocimiento y muestran que entender un resultado no significa estar preparado para aceptarlo.
Los chistes intercalados cumplen una función precisa dentro de la trama. No son adornos destinados a aligerar el argumento. Los relatos del esposo engañado, el viajero mareado, el hombre amenazado por un toro, la esposa que desprecia a su marido, el envenenamiento de una mujer infiel y el cavernícola despreocupado por su suegra sirven como material de investigación. Permiten apreciar que la risa puede surgir ante situaciones humillantes, crueles o peligrosas que, fuera del chiste, resultarían desagradables. Cuando Meyerhof pregunta a Trask por qué se ríe ante una infidelidad o un asesinato, obliga a examinar la distancia entre el contenido de una historia y la reacción que provoca. El procedimiento también convierte al lector en un posible participante del experimento: las historias buscan provocar en él la misma reacción que los personajes intentan explicar.
La investigación de Meyerhof nace de dos observaciones. Por una parte, los chistes parecen circular de persona en persona sin que nadie se reconozca como su inventor. Por otra, muchos conservan referencias a costumbres y objetos desaparecidos, como los mareos de los viajes por mar, ya fáciles de prevenir en la época del cuento, o las máquinas de pesar que imprimían predicciones. De ahí surge su pregunta: si todos repiten historias escuchadas de otros, ¿quién las creó originalmente? Los juegos de palabras le ofrecen un contraste, porque sí pueden inventarse sobre la marcha y, según él, suelen provocar gemidos en vez de carcajadas. Meyerhof no propone todavía una explicación extraterrestre: esa es la respuesta que dará Multivac. Sus observaciones funcionan como premisas de la ficción, no como verdades demostradas sobre el humor real, y permiten a Asimov conducir una curiosidad cotidiana hacia una revelación inesperada.
La primera revelación cambia el sentido de todo lo que ha sucedido. Si Multivac tiene razón, los chistes son estímulos diseñados por inteligencias extraterrestres para observar las respuestas psicológicas de los seres humanos. La humanidad no es la autora de su forma característica de diversión, sino el objeto de un experimento cuyos responsables permanecen invisibles. La comparación con las ratas de laboratorio introduce una diferencia de poder difícil de asimilar: así como los investigadores no explican a los animales qué están midiendo, esas inteligencias no necesitan informar a las personas del propósito de los chistes. Asimov no describe a los extraterrestres ni les atribuye una intención de conquistar o destruir. Lo que inquieta es que puedan tratar a una especie que se considera inteligente como un conjunto de sujetos de prueba.
La segunda pregunta de Meyerhof revela las consecuencias catastróficas del descubrimiento. No se limita a averiguar quién creó los chistes: también quiere saber qué ocurrirá cuando un ser humano conozca su verdadero origen. Multivac responde que, desde ese instante, el procedimiento de los extraterrestres deja de servir como método de observación objetiva. Si los sujetos estudiados comprenden la prueba, sus reacciones ya no pueden considerarse independientes de ella. Los experimentadores, por tanto, dan por terminado el ensayo. La segunda pregunta no provoca ese desenlace: permite a los personajes conocer una consecuencia que ya se ha producido al descifrar la primera respuesta. Asimov plantea así una paradoja: el acto de descubrir la naturaleza de un fenómeno hace desaparecer las condiciones que permitían estudiarlo.
La confirmación llega sin estrépito. No hay un anuncio público ni una catástrofe visible. Los tres hombres guardan silencio y, al cabo de unos minutos, Meyerhof advierte que no consigue recordar un solo chiste. Sabe que tampoco se reiría si encontrara alguno escrito en un libro. Precisamente él, cuyo talento para contarlos le había permitido acercarse a otras personas, es el primero en comprobar lo ocurrido. Trask expresa entonces su consecuencia más terrible: ningún hombre volverá a reír. El cuento no explica cómo desaparecen los chistes de la memoria ni qué mecanismo permite a los extraterrestres suprimir la respuesta humorística. Dentro de la lógica del relato, la experiencia inmediata de Meyerhof confirma el resultado de Multivac.
La imagen final amplía la inquietud. Los personajes sienten que la humanidad ha quedado encerrada en una jaula de ratas a la que le han quitado el laberinto. El experimento anterior ha terminado y será reemplazado por otro, cuya naturaleza desconocen. La amenaza no consiste solo en haber perdido la risa, sino en comprobar que los seres humanos ignoran para qué y de qué manera están siendo observados. Asimov no muestra la nueva prueba. Deja a sus personajes ante una incertidumbre que no pueden resolver ni controlar.
Asimov sostiene el relato mediante una narración en tercera persona que se acerca sucesivamente a los pensamientos de Meyerhof, Whistler y Trask. La información aparece de manera gradual y obliga a corregir las explicaciones anteriores: lo que al principio parece una excentricidad del Gran Maestro se revela después como una investigación sobre el humor y termina por descubrir un experimento que abarca a toda la humanidad. La estructura se asemeja a una indagación científica, pero desemboca en una paradoja. La inteligencia que permite hacer una pregunta extraordinaria no garantiza el dominio sobre sus consecuencias. En «El bromista», el conocimiento amplía de golpe lo que los personajes saben del universo y, al mismo tiempo, les revela cuán limitada era la libertad que creían tener.