Resumen de Utopía de un hombre que está cansado, de Jorge Luis Borges
«Utopía de un hombre que está cansado» es un cuento de Jorge Luis Borges incluido en El libro de arena, publicado en 1975. El relato narra el encuentro entre un hombre del siglo XX y un habitante de un futuro remoto en el que la humanidad ha renunciado a las instituciones, la historia y la memoria colectiva. A través de un diálogo pausado y filosófico, Borges construye la imagen de una civilización que ha elegido la austeridad, el olvido y la soledad como formas de vida.
El narrador, Eudoro Acevedo, nacido en Buenos Aires en 1897, profesor de letras y escritor de cuentos fantásticos, camina por una llanura que podría pertenecer a Oklahoma, Texas o la pampa argentina. El camino es irregular y comienza a llover. A unos cientos de metros divisa la luz de una casa baja y rectangular, cercada de árboles. Un hombre muy alto, vestido de gris, le abre la puerta. La cerradura no existe. Dentro, una habitación larga con paredes de madera alberga una lámpara amarillenta, una mesa y una clepsidra, el primer reloj de agua que el narrador contempla fuera de un grabado.
Los dos hombres intentan comunicarse en distintas lenguas sin éxito, hasta que el anfitrión habla en latín. El hombre del futuro le explica que la tierra ha regresado al latín como lengua universal, pues la diversidad de idiomas alimentaba la diversidad de pueblos y guerras. Le advierte que esas visitas de viajeros de otros siglos ocurren esporádicamente y que al día siguiente Acevedo estará de regreso en su época. El narrador se presenta con su nombre y su oficio, pero el anfitrión responde que él no tiene nombre: lo llaman «alguien». Su padre tampoco tenía nombre. Los nombres propios, como la historia, la cronología y las estadísticas, han sido abolidos.
Cenan juntos en una cocina donde todo es de metal. La comida es simple: copos de maíz, uvas, una fruta desconocida que recuerda al higo y agua. El rostro del anfitrión es severo, pálido, de rasgos agudos y ojos singulares. El hombre del futuro le muestra libros manuscritos en caracteres que evocan el alfabeto rúnico y le tiende un ejemplar de la Utopía de Tomás Moro, impreso en Basilea en 1518. Acevedo menciona que en su casa posee más de dos mil libros, pero el otro se ríe: nadie puede leer dos mil libros; en cuatro siglos de vida apenas ha leído media docena. Lo que importa no es leer sino releer. La imprenta, ya abolida, es considerada uno de los peores males de la humanidad por haber multiplicado textos innecesarios.
El diálogo se despliega sobre las diferencias entre ambas épocas. Acevedo describe su tiempo con ironía: un mundo poblado de entidades abstractas como naciones y mercados comunes, donde la gente consumía noticias triviales destinadas al olvido inmediato, donde los políticos eran figuras públicas trasladadas en vehículos ruidosos, y donde la imagen impresa suplantaba la realidad. El hombre del futuro señala que el dinero ha desaparecido, junto con la pobreza y la riqueza. Cada persona ejerce un oficio. Las ciudades tampoco existen. No hay posesiones ni herencias. Cuando un individuo madura, a los cien años, está preparado para enfrentar su soledad. Cada persona engendra un solo hijo, pues no conviene fomentar el género humano. Se debate incluso la posibilidad de un suicidio colectivo y gradual de toda la especie.
Cumplidos los cien años, el individuo prescinde del amor y la amistad. Los males y la muerte involuntaria no lo amenazan. Se dedica al arte, la filosofía, las matemáticas o al ajedrez solitario. Cuando lo desea, se mata. Los viajes espaciales han sido abandonados porque nunca permitieron escapar del aquí y del ahora. Los museos y bibliotecas no existen: cada persona debe producir las ciencias y las artes que necesita. Los gobiernos cayeron en desuso gradualmente, ignorados por la población, hasta que los políticos debieron buscar oficios honestos.
El anfitrión conduce a Acevedo a una pieza donde guarda un arpa de pocas cuerdas y varias telas pintadas. Algunas sugieren paisajes —una puesta de sol que encierra algo infinito—, pero otras están pintadas con colores que los ojos del narrador no pueden percibir. Las cuerdas del arpa producen sonidos apenas audibles. El hombre le ofrece una de las telas como recuerdo de un amigo futuro. Entonces llegan una mujer alta y varios hombres. Juntos vacían la casa: manuscritos, cuadros, muebles, todo. Caminan quince minutos hasta una torre coronada por una cúpula: es el crematorio. Dentro se encuentra la cámara letal, cuya invención alguien atribuye a un filántropo llamado Adolfo Hitler. El anfitrión susurra unas palabras al cuidador, se despide del narrador con un ademán y entra. De regreso en su escritorio de la calle México, Acevedo conserva la tela que alguien pintará dentro de miles de años con materiales hoy dispersos en el planeta.
Jorge Luis Borges – Utopía de un hombre que está cansado
Análisis literario de Utopía de un hombre que está cansado, de Jorge Luis Borges
«Utopía de un hombre que está cansado» ocupa un lugar singular dentro de la obra tardía de Borges. Publicado en El libro de arena, un volumen donde el autor argentino vuelve sobre sus obsesiones con renovada sobriedad, el cuento despliega un tipo de complejidad distinta a la de Ficciones o El Aleph: en lugar del vértigo combinatorio o la erudición bifurcante, Borges opta aquí por la austeridad de la especulación filosófica presentada como crónica de viaje. Borges construye aquí un relato que opera en al menos tres niveles simultáneos: es una fábula sobre el porvenir, una crítica oblicua del presente del autor y una meditación sobre los límites del conocimiento, la memoria y la identidad. Su estructura es engañosamente sencilla —un hombre viaja al futuro y conversa con otro hombre—, pero bajo esa superficie discurre una red de tensiones entre civilización y barbarie, acumulación y despojamiento, memoria y olvido.
El nombre del narrador, Eudoro Acevedo, no es casual. Borges toma el apellido de su propia genealogía familiar —los Acevedo pertenecían a su linaje materno— y le asigna una fecha de nacimiento, 1897, que coincide aproximadamente con la de su propia generación. Al presentarse como profesor de letras y escritor de cuentos fantásticos, el personaje funciona como un doble ficcional del autor, un recurso que Borges emplea con frecuencia para difuminar la frontera entre autobiografía y ficción. Sin embargo, la elección del nombre de pila griego, Eudoro, que puede traducirse como «buen regalo», introduce una nota irónica: este hombre es, literalmente, un obsequio que el pasado le hace al futuro, un visitante cuya función es recibir una revelación y llevarla consigo de regreso.
El hombre del futuro carece de nombre, y este detalle es mucho más que un dato pintoresco. En el universo que habita, los nombres propios han perdido sentido porque la identidad se ha desprendido de la necesidad de distinguirse socialmente. La abolición de los nombres se inscribe dentro de una lógica más amplia de supresiones: se han eliminado la historia, la cronología, las estadísticas, las ciudades, los gobiernos, la imprenta, los museos, las bibliotecas, el dinero y hasta la diversidad lingüística. Lo que queda tras esa vasta poda es una vida reducida a sus elementos mínimos: un oficio, un arte, un hijo único y la facultad de elegir la propia muerte. Esto no significa, sin embargo, que los vínculos hayan desaparecido por completo. El anfitrión tiene un hijo, Nils, a quien la mujer que llega esa noche conoce y sobre cuya pintura ambos conversan con naturalidad. Existe una red social, pero despojada de ceremonial, de obligación y de permanencia: los lazos son reales pero deliberadamente tenues. Borges no presenta esta civilización como un paraíso ni como un infierno; la despliega ante el lector con una ambigüedad calculada que impide el juicio fácil.
La conversación entre los dos hombres está atravesada por una ironía constante. Cuando Acevedo describe su época —las noticias triviales, los políticos como lisiados ceremoniales, la superstición de la actualidad—, el lector reconoce una sátira del siglo XX que Borges articula con precisión quirúrgica. Pero la sociedad futura tampoco escapa al escrutinio: la abolición de la imprenta, que el anfitrión califica como uno de los peores males del hombre, resulta inquietante viniendo de un escritor cuya vida entera giró alrededor del libro. Borges parece preguntarse qué sucedería si la humanidad llevara hasta sus últimas consecuencias el ideal de la sabiduría selectiva, de la relectura frente a la lectura compulsiva, del silencio frente al ruido informativo. La civilización resultante no es estéril —el anfitrión pinta, toca el arpa, su hijo Nils también se dedica a la pintura—, pero sí radicalmente selectiva: la creación artística persiste, aunque despojada de público, de acumulación y de posteridad.
El epígrafe de Quevedo, que define utopía como «no hay tal lugar», establece desde el principio una clave de lectura decisiva. Borges no escribe una utopía en el sentido convencional del término —un proyecto de sociedad ideal—, sino una utopía en su acepción etimológica: un lugar que no existe, un no-lugar. La sociedad del futuro es inalcanzable no porque sea perfecta, sino porque su existencia misma pone en cuestión las categorías con las que pensamos la perfección. ¿Es deseable una vida sin memoria colectiva, sin vínculos permanentes, donde cada generación comienza desde cero? El cuento no responde a esa pregunta; se limita a formularla con una precisión que resulta incómoda.
Uno de los momentos más cargados de significado es la referencia a Adolfo Hitler como el filántropo que inventó la cámara letal. Esta inversión semántica —llamar filántropo al responsable del Holocausto— produce un efecto perturbador que admite varias lecturas. En el contexto de una civilización donde el suicidio voluntario es un derecho y una forma de dignidad, el dispositivo de exterminio masivo ha sido resignificado como un instrumento de liberación personal. Borges no sugiere que la muerte elegida y la muerte impuesta sean equivalentes —en el cuento, nadie obliga a nadie—, pero la elección de esa palabra, filántropo, introduce una disonancia deliberada que impide al lector aceptar sin reservas la serenidad de esta sociedad. La frase funciona como una bomba de relojería semántica que obliga a detenerse y reconsiderar todo lo que el anfitrión ha expuesto hasta ese momento: ¿puede un instrumento de horror convertirse en un instrumento de libertad simplemente porque cambia el contexto de su uso?
Las telas pintadas con colores invisibles para los ojos del narrador y el arpa cuyos sonidos apenas se perciben sugieren que la evolución de esta humanidad futura no es solo intelectual sino también sensorial. El arte ha alcanzado registros inaccesibles para los hombres del pasado, lo cual indica que la percepción misma se ha transformado con el tiempo. Sin embargo, esta distancia no es absoluta: el anfitrión le regala a Acevedo una de sus telas, la que figura una puesta de sol, como recuerdo de un amigo futuro. El gesto demuestra que la experiencia estética puede atravesar parcialmente la barrera entre épocas: hay una parte del arte que se transfiere y otra que permanece vedada, como esos colores que los ojos antiguos no logran captar. La tela que Acevedo lleva consigo de regreso —pintada con materiales hoy dispersos en el planeta y destinada a ser creada dentro de miles de años— condensa la paradoja temporal del relato: el narrador posee un objeto que aún no ha sido fabricado, un recuerdo del futuro, una prueba material de que el tiempo no es una línea recta sino un tejido de pliegues y coincidencias.
El cierre del cuento, con el anfitrión entrando voluntariamente en la cámara letal tras despedirse con un simple ademán, confirma que el hombre del futuro ha alcanzado lo que buscaba: la capacidad de terminar su vida cuando lo considera pertinente, sin drama, sin ceremonial, con la misma naturalidad con que se cierra una puerta. Acevedo regresa a su escritorio de la calle México y el lector queda con la sensación de haber asistido a una conversación que, como las mejores páginas de Borges, no se agota en una sola lectura. El cuento funciona como un espejo doble: refleja tanto el presente del autor como un futuro posible, y en la intersección de ambos reflejos aparece la pregunta que recorre toda la narrativa borgeana: qué queda del ser humano cuando se le despoja de todo lo accesorio, y si lo que queda es suficiente para justificar la continuación de la especie.
